ANÁLISIS PRAXEOLÓGICO DE LA TEORÍA DE KEYNES

La Teoría general de John Maynard Keynes parece un libro sumamente complejo pero, en realidad, es bastante simple. Keynes parte de una premisa que él establece discrecionalmente y, de ahí en más, desarrolla un complicado cuerpo de doctrina que pretende ser coherente con la hipótesis inicial desde la que inicia su desarrollo analítico. Sucede, sin embargo, que la premisa de la que Keynes parte carece de bases sólidas. Por ende, todo el análisis posterior también es discutible.

El supuesto sobre el que Keynes edifica su teoría es que la economía puede permanecer en equilibrio aun cuando haya desempleo involuntario: “… en ciertas condiciones el sistema podría estar en equilibrio con empleo inferior al máximo”[1]. Si este principio fuera válido, todos los análisis posteriores de Keynes podrían, tal vez, tener sentido. Por ende, para evaluar si el keynesianismo tiene probabilidades de ser un cuerpo teórico acertado o erróneo, debemos someter a análisis crítico la validez de esa premisa. El criterio que aplicaremos a los efectos de desarrollar esta investigación es el análisis praxeológico.

1 – La elusión del análisis del problema del uso eficiente de los recursos escasos

La afirmación de que la economía puede permanecer en equilibrio en tanto exista desempleo involuntario encierra, en sí misma, una contradicción. El equilibrio, si fuera posible alcanzarlo, sería aquella situación en la cual todos los recursos de la economía están empleados en forma óptima. Si hay desempleo involuntario, el recurso trabajo está empleado de manera subóptima y, por ende, no hay equilibrio.

A lo que Keynes llama equilibrio es al hecho de que, según él, la economía puede operar de manera fluida mientras la situación de desempleo involuntario persiste. Hazlitt estudió muy detalladamente esta falacia en el Capítulo IV de su libro Los errores de la nueva ciencia económica. La explicación a esta situación, conforme el análisis de Keynes, es que, en determinadas circunstancias, los empresarios pueden no sentirse inclinados a realizar inversiones que generen la demanda de empleo necesaria para absorber a los trabajadores ociosos.

Por supuesto, es posible que, en ciertos contextos, la propensión de los empresarios a realizar nuevas inversiones −o a ampliar las que estén operando− sea muy baja. En condiciones normales, es poco probable que esto sea así. Pero si por cualquier razón existe la expectativa de que los negocios se tornarán poco rentables en el futuro, es entendible que la disposición de los empresarios a invertir se encuentre inhibida. De esa circunstancia particular en la que los incentivos a la inversión se encuentran adormecidos, extrae Keynes la deducción de que, a los efectos de resolver el problema del desempleo, es aconsejable que el Estado asuma un papel activo en el proceso económico.

“Creo, por tanto, que una socialización bastante completa de las inversiones será el único medio de aproximarse a una ocupación plena; aunque esto no necesita excluir cualquier forma, transacción o medio por los cuales la autoridad pública coopere con la iniciativa privada. Pero fuera de esto, no se aboga francamente por un sistema de socialismo de estado que abarque la mayor parte de la vida económica de la comunidad. No es la propiedad de los medios de producción la que conviene al estado asumir. Si éste es capaz de determinar el monto global de los recursos destinados a aumentar esos medios y la tasa básica de remuneración de quienes los poseen, habrá realizado todo lo que le corresponde. Además, las medidas indispensables de socialización pueden reintroducirse gradualmente sin necesidad de romper con las tradiciones generales de la sociedad”[2]

Presentada en estos términos, la teoría de Keynes es muy seductora. ¿Quién podría oponerse a una propuesta orientada a resolver el problema de la pobreza, el desempleo, el hambre, etc.? Hay que ser absolutamente insensible para no conmoverse ante estas desgracias humanas. No hay nada más gratificante para los seres humanos que sentir que apoyan iniciativas tendientes a colaborar con quienes están pasando por circunstancias adversas. Esto explica por qué la teoría de Keynes despierta tanta adhesión. Es un excelente recurso para justificar intelectualmente la solidaridad con los débiles, los pobres y los necesitados.

Ocurre que, cuando se trata de teorías económicas, es necesario tener en consideración que los recursos son escasos y que su empleo provechoso requiere una asignación eficiente. Cuando Keynes propone que el Estado asuma el papel que en la economía clásica le estaba reservado a los empresarios, no se preocupa por analizar si el problema del uso eficiente de los recursos escasos está contemplado. Por ende, su análisis deja de tener la rigurosidad exigible en una teoría económica consistente.

2 – La insostenibilidad praxeológica de la teoría del consumo insuficiente

¿Es verosímil que los empresarios prefieran no invertir? Este es un punto crítico en nuestro análisis porque es la clave del argumento de Keynes para sostener que la economía libre no está en condiciones de resolver el problema del desempleo. A partir de aquí es que comenzaremos a incorporar la praxeología a nuestro análisis.

Keynes ofrece en su libro una explicación respecto de por qué los empresarios podrían no tener la inclinación a invertir. Dice que si las expectativas de rentabilidad no son lo suficientemente grandes, no tendrán incentivos para realizar inversiones, lo cual es lógico. Y argumenta que la razón por la cual se pierden incentivos es que, cuando los individuos alcanzan un determinado nivel de bienestar, comienzan a destinar sus rentas a ahorro, y no a consumo. Por ende, al haber lo que denomina un consumo insuficiente, no hay perspectivas de ventas y, por ende, tampoco incentivos para invertir.

“Un acto de ahorro individual significa –por decirlo así− el propósito de no comer hoy; pero no supone la necesidad de tomar una decisión de comer o comprar un par de botas dentro de una semana o de un año o de consumir cualquier cosa concreta en fecha alguna determinada. De este modo deprime los negocios de la preparación de la comida de hoy sin estimular los que preparan algún acto futuro de consumo. No es una sustitución de la demanda de consumo presente por demanda de consumo futuro, sino una disminución neta de la primera. Más aún, la expectativa de consumo futuro se basa en tal medida en la experiencia actual del consumo presente que una reducción de éste probablemente deprima al otro, con el resultado de que el acto de ahorro no solamente abatirá el precio de los artículos de consumo dejando inafectada le eficiencia marginal del capital existente, sino que en realidad puede tender también a deprimir la última. En este caso puede reducir la demanda de inversión actual lo mismo que la de consumo presente”[3]

Ahora bien, este razonamiento supone un gran desconocimiento respecto de la naturaleza del comportamiento humano. Sería falsa la afirmación de que no hay una cuota de verdad en el análisis keynesiano, pero la generalización que Keynes hace es absolutamente exagerada. Por supuesto que, cuando una persona llega a un nivel holgado de satisfacción, puede tener una mayor tendencia a ahorrar que a consumir. Aunque no es algo muy habitual, puede suceder que la gente muy satisfecha se torne más selectiva en sus consumos porque ya ha colmado la mayoría de sus expectativas.

Ahora bien, ocurre que ningún ser humano llega nunca a la satisfacción absoluta de sus requerimientos. Es posible que algunas personas, aun pudiendo consumir más, sean proclives a reducir su volumen de consumo porque se sienten más cómodas con la frugalidad que con la opulencia. Quizá sea una tendencia que se presenta con más frecuencia en personas de mayor edad, aunque esos individuos tienden a tener mayores gastos en rubros tales como atención médica, de modo que, aunque no consuman mucho de ciertos bienes, desplazan sus consumos hacia otros campos. En las personas jóvenes, la tasa ahorro-consumo probablemente esté más volcada hacia el consumo porque están en la etapa de la vida en la que desean progresar (es decir, pasar de una situación menos satisfactoria a una situación más satisfactoria). Agreguemos además que las personas que tienen menos propensión a gastar, tienen también menos inclinación a producir. Por ende, la retracción del consumo se compensa con menos producción. En consecuencia, la consideración de Keynes no tiene un asidero demasiado sólido, al menos en condiciones normales. Y si en circunstancias atípicas (por ejemplo, una situación económica adversa por algún shock negativo exógeno) se produce una retracción del consumo, no corresponde extraer conclusiones teóricas generales porque estaríamos ante un caso particular y específico.

En definitiva, la teoría del consumo insuficiente, a la cual Keynes presenta como explicación de la premisa básica de la cual deduce luego toda su argumentación, está basada en una concepción falsa de la tendencia general de la conducta humana. La inclinación humana a consumir es la consecuencia del sempiterno afán de pasar de una situación menos satisfactoria (“equis”) a una situación más satisfactoria (“mejor que equis”). Se consume porque se evalúa que, por medio del consumo elegido, se estará mejor que como se estaba. Como ningún ser humano llega jamás a la satisfacción plena de todas sus necesidades, la inclinación a consumir se renueva permanentemente. No existe el “estado de nirvana” en los asuntos humanos. Entonces, es desacertada la deducción de que los empresarios no invierten porque el consumo insuficiente deriva en escasas perspectivas de rentabilidad. No hay tal cosa como consumo insuficiente y, por ende, tampoco hay falta de oportunidades de realizar negocios ni escasez de demanda de trabajo. Zorrilla lo planteaba en estos términos:

“… hay una necesidad intrínseca en la naturaleza humana de expresar sentimientos y emociones y explorar consumos, de aventurarse a saber qué son y qué es lo que pueden darle los estímulos de su entorno, y que esto ocurre, con intensidad variable, en todas las sociedades. Allí está el fundamento de lo que se considera ‘consumismo’: es esta pasión por investigar estímulos y creaciones lo que incita a explorar consumos no conocidos o a repetir los conocidos.
Es obvio entonces que el consumo tiene que ver con pulsiones y necesidades orgánicas, pero también con inducciones culturales que suelen ser tan imperativas, o más, que aquellas. Ambas, aunque analíticamente separables, se manifiestan en general fundidas en la experiencia social. Estos consumos tienen una relativa estabilidad, pero se modifican con el tiempo…”[4]

3 – La inagotabilidad del trabajo

En una economía donde las señales emitidas por el sistema de precios no están distorsionadas por el intervencionismo del Estado, los empresarios cuentan con la información necesaria para elegir las alternativas de inversión que estimen más convenientes. Está dentro de lo posible, por supuesto, que, en determinado momento, no lleguen a visualizar oportunidades de inversión cuya puesta en ejecución pudiera implicar un incremento de la eficiencia de los procesos productivos operantes en esa circunstancia. Entonces, no se generaría demanda de trabajo más allá de la existente. Pero si se llegara a esa situación, la búsqueda de mejorías en las técnicas de producción, destinadas a incrementar la competitividad de las respectivas compañías, no se detendría, sino que seguiría teniendo lugar hasta que sobrevengan descubrimientos de oportunidades de inversión hasta entonces no percibidas. La insistencia en la búsqueda de métodos de producción superadores de los vigentes es inherente a la conducta de los seres humanos, que incesantemente procuran imaginar caminos que les permitan pasar de la “situación equis” en la que cada uno se encuentra, a una “situación mejor que equis”. Para los empresarios, el paso de “equis” a “mejor que equis” consiste en mejorar la eficiencia de los procesos productivos con el fin de incrementar la rentabilidad de sus negocios. En el curso de los procesos económicos el equilibrio es siempre inestable porque la propia acción de los agentes económicos, impulsados por el afán de cada uno de ellos de pasar de “equis” a “mejor que equis”, rompe constantemente el equilibrio. El argumento de Keynes (“… en ciertas condiciones el sistema podría estar en equilibrio con empleo inferior al máximo”) es contrario a la naturaleza de la condición humana; supone que los seres humanos son una entidad ontológicamente diferente a la cual la naturaleza (o Dios, o la selección natural; es irrelevante el origen) determinó que sean. Boulding explica muy bien este proceso:

“… históricamente la fuerza depresiva de la acumulación de capital ha sido contrarrestada por una notable serie de descubrimientos e inventos, la mayoría de los cuales han tendido a proporcionar oportunidades nuevas y sin explotar para la inversión y, por lo tanto, han elevado el tipo de beneficio. Mucho antes de que los desgraciados inversores, en su busca de beneficios, se vean obligados a construir ferrocarriles en las soledades árticas, se descubren nuevas y más provechosas esferas de inversión (en la radio, electricidad y automóviles) y se abre continentes nuevos y atrasados. En la época en que se hayan agotado estas oportunidades es de esperar que hayan aparecido nuevos inventos o descubrimientos que revelen nuevos mundos que el inversor pueda explotar.
Así, pues, podemos interpretar el curso secular del tipo de beneficio como el resultado de una batalla entre dos fuerzas: el aumento de capital presiona continuamente hacia abajo el tipo de beneficio y los descubrimientos e inventos actúan para elevarlo. La historia de la economía es una carrera entre la acumulación y el descubrimiento; cuando la acumulación saca ventaja, el tipo de beneficio disminuye, y cuando el descubrimiento va en cabeza, el tipo de beneficio aumenta. La Geografía económica también debe interpretarse con ayuda de este principio. En los países nuevos y vírgenes, lo probable es que sea alto. Por lo tanto, los inversores de los países viejos buscan oportunidades más beneficiosas para su capital y las encuentran en los países nuevos”[5]

Dada esta circunstancia, no se ven razones para sostener –como lo hace Keynes− que los empresarios podrían no avanzar en el desarrollo de los procesos de inversión que absorban la fuerza de trabajo disponible. No hay factores que inhiban la espontánea inclinación de los seres humanos a tratar de pasar de una “situación equis” a una “situación mejor que equis” que, en el caso de los empresarios, consiste en imaginar nuevos negocios, lo cual, como el propio Keynes lo reconoce a lo largo de todo su libro, implica contratar trabajadores.

Podría argüirse que, quizá, aun cuando los empresarios tengan disposición a invertir, no logren desarrollar ecuaciones comerciales suficientemente atractivas como para estar dispuestos a afrontar riesgos y, por lo tanto, las intenciones no se llevarán a la práctica y el problema del desempleo quedará sin resolver. Pero esto implicaría creer que el trabajo es un factor económico completamente rígido. Conviene, por ende, explicar brevemente ciertos rasgos referidos a la naturaleza del trabajo para poder aclarar el punto.

El factor que motoriza la decisión de cualquier ser humano de trabajar, es el hecho de que el individuo evalúa que, a los efectos de pasar de “equis” a “mejor que equis”, le conviene realizar la tarea a cambio de la cual adquirirá derecho a una retribución. Dado que el individuo valora más la paga que el esfuerzo que debe realizar, elige aceptar la obligación de desarrollar la labor a cambio de la cual se hará acreedor a una determinada suma de dinero.

Ahora bien, para que un individuo trabaje, es necesario que haya alguna tarea por realizar y por la cual alguien esté dispuesto a pagar una suma que incentive a ese individuo a ejecutar esa labor. Ocurre que siempre hay trabajos por ejecutar porque las necesidades humanas insatisfechas son inacabables. La demanda de trabajo es infinita, precisamente porque los requerimientos humanos nunca llegan a estar plenamente satisfechos. En consecuencia, siempre hay alguien que demanda que otra persona le preste algún servicio, por el cual está dispuesta a pagar. Entonces, mientras la suma ofrecida sea suficiente como para que el individuo involucrado consiga mejorar la situación en la que se encontraría si no realizara el trabajo y no recibiera el dinero, entonces ese sujeto aceptará ejecutar esa tarea. Si la suma no es suficiente como para compensarle el esfuerzo de trabajar, no accederá a realizar esa labor. Mises lo explicaba muy claramente:

“Lo que causa el desempleo es el hecho de que –contrariamente a la doctrina antes explicada de la incapacidad del trabajador para esperar− quienes desean percibir un salario pueden esperar y de hecho esperan. Quien no desea esperar, siempre encuentra trabajo en una economía de mercado, pues invariablemente existen recursos naturales sin explotar y, además, con frecuencia, inaprovechados factores de producción anteriormente producidos. Para encontrar trabajo, el interesado, o reduce sus exigencias salariales, o cambia de ocupación, o varía el lugar de trabajo”[6]

La conclusión que extraemos de este análisis es que el desempleo involuntario no puede existir. Si alguien no trabaja, es porque no le conviene y si encuentra un trabajo que le permita mejorar la situación en la que se encuentre, trabajará. La argumentación de Keynes, en el sentido de que el desempleo puede tornarse crónico carece de fundamentos si la analizamos desde una perspectiva praxeológica.

4 – La homogeneización de las heterogeneidades

La aparición de una figura intelectual como Keynes y la rápida conversión del keynesianismo en una doctrina predominante dentro del campo de la ciencia económica aplicada –una tendencia que, con altibajos, subsiste hasta el presente y no parece estar cerca de concluir− se explica, esencialmente, porque las circunstancias históricas favorecen la validación de una teoría que satisface necesidades políticas de corto plazo. Ahora bien, para poder desarrollar la teoría keynesiana y todas sus derivaciones posteriores, fue necesario incurrir en una desnaturalización de los fundamentos de la ciencia económica. Hubo que desestimar el análisis microeconómico, que tiene su esencia en el estudio de las acciones individuales heterogéneas, para desarrollar, en su reemplazo, el análisis macroeconómico, que homogeneiza las acciones de los agentes, segmentándolos por categorías. Un ejemplo en este sentido es el siguiente: “… dado el volumen anterior de ocupación y producción, la expectativa de un aumento en el excedente de la inversión sobre el ahorro inducirá a los empresarios a aumentar la magnitud de aquellas”[7]. ¿Todos los empresarios actúan de la misma manera? ¿Se puede considerar que las conductas de los empresarios tienen semejante nivel de homogeneidad? ¿No existen criterios de decisión diferentes, según como cada empresario procese las señales que el sistema de precios le suministra? Desde el punto de vista metodológico, el criterio empleado por Keynes constituye un error porque las conductas humanas, en los hechos, son heterogéneas, no homogéneas, aun tratándose de personas que desarrollan actividades similares. Las decisiones de compraventa de los respectivos agentes, adoptadas sobre la base de las preferencias subjetivas de cada uno, son todas ellas diferentes entre sí, es decir, heterogéneas. El análisis de Keynes, que presupone conductas homogéneas, resulta, en consecuencia, falso.

En efecto, es inexacto que todos los empresarios actúen en determinado momento de la misma manera, que todos los ahorristas tomen las mismas decisiones, que todos los asalariados tengan idénticas preferencias, que todos los consumidores procedan de manera similar, etc. La realidad es, precisamente, la opuesta, y esa realidad, en la que todos los individuos actúan de modo distinto, es el campo al que la ciencia económica debe estudiar. Keynes, sin embargo, desarrolló su teoría sobre la base de que los diferentes grupos se comportan de manera homogénea y, de ese modo, edificó una teoría muy simple, que anula todos los infinitos matices que se manifiestan en las decisiones concretas de los agentes como consecuencia de las cambiantes preferencias subjetivas de cada uno. De ese modo, al desconocer las diferencias en las acciones individuales, pudo construir una teoría mecánica, donde las decisiones de los gobernantes, planificadores y burócratas puedan producir efectos previsibles. Hazlitt ya había percibido esa inconsistencia:

“El esfuerzo de Keynes para derribar la posición ‘ortodoxa’ de que la causa más frecuente de paro son los tipos de salario excesivos es infructuoso. Sus argumentos se apoyan de un modo característico en una forma de pensar en block, que prescinde de las diferencias individuales que constituyen la realidad. Precios y tipos de salario nunca varían de manera uniforme o como una unidad, sino que siempre lo hacen de un modo relativo e individual. Lo ‘global’ y lo ‘macroeconómico’ ocultan las causas e interrelaciones reales”[8]

Un supuesto implícito para que esa homogeneidad que Keynes presupone tenga lugar, es el de considerar nula la influencia del proceso de autorregulación de los precios. En efecto, una de las peculiaridades del proceso económico es que, cuando cierto número de agentes actúan de una determinada manera (por ejemplo, se retraen de comprar) ejercen una influencia sobre los precios (en el ejemplo propuesto, los hacen bajar) y de ese modo generan los incentivos para que otros agentes actúen en sentido opuesto (es decir, compren), estimulados por las señales que los precios emiten como consecuencia de las acciones de los primeros. Entonces, si unos se retraen de comprar, los precios bajan, y esa baja de precios incentiva que otros compren, aprovechando los precios más accesibles. Para Keynes, todo esto, que refleja la heterogeneidad de las conductas humanas (es decir, el hecho de que unos se retraen de comprar y otros aprovechan la oportunidad) parece ser inexistente, aunque no demuestra por qué.

Por supuesto, si se aceptara como real esa homogeneidad que Keynes presupone, sería concebible que su teoría fuera, si no incontrovertiblemente válida, al menos hipotéticamente aceptable. En buena medida, ese es el equívoco sobre el que la teoría de Keynes está edificada. Ahora bien, Keynes nunca dice “yo presupongo que todos los miembros de una misma categoría actúan de manera homogénea”. Y es lógico que no lo haga porque, si dijera algo así, la inconsistencia de su cuerpo teórico quedaría inmediatamente en evidencia. Es muy obvio que las conductas humanas son heterogéneas y no homogéneas. Entonces, recurre al subterfugio de dar tácitamente por cierto que los diferentes tipos de agentes operan todos de modo homogéneo, pero sin someter a discusión ese supuesto. El modo en el que sus argumentos están planteados es lo suficientemente confuso, ambiguo, sobreentendido, como para dificultar la comprensión del supuesto implícito en el que se basa. Así es como puede presentar de manera plausible su premisa básica, en el sentido de que la economía puede estar en equilibrio aunque exista desempleo involuntario, y de ahí en más desarrollar todas sus elaboraciones conceptuales. Pero cuando esa teoría es sometida al análisis praxeológico, la inconsistencia queda en evidencia.

5 – La no consideración de la función del sistema de precios

En el Capítulo 19 de la Teoría General, Keynes ofrece una explicación respecto de por qué, bajo los supuestos de laissez faire de la economía clásica, existiría la posibilidad (que él juzgaba muy frecuente) de que la economía permanezca en equilibrio aunque subsista el desempleo involuntario. Según Keynes, la teoría clásica no está en condiciones de sostener la tesis de que el nivel de empleo se ajusta por medio del precio del trabajo:

“… si no se permite a la teoría clásica extender sus conclusiones por analogía de la industria en particular a la industria en conjunto, es completamente incapaz de contestar la pregunta relativa a qué efectos producirá sobre la ocupación una baja de los salarios nominales; porque carece de método de análisis con qué abordar el problema”[9]

Básicamente, el argumento de Keynes es que, si bajan los salarios, disminuirá la demanda agregada y, en consecuencia, los empresarios no tendrán incentivos para invertir; por ende, no se generará la demanda de trabajo suficiente como para absorber la oferta de empleo ociosa:

“Suponer que la política de salarios flexibles es un auxiliar correcto y adecuado de un sistema que en conjunto corresponde al tipo del laissez faire, es lo opuesto a la verdad”[10]

Pero este razonamiento supone desconocer por completo cómo las acciones individuales de los agentes, movidos por la búsqueda del mejoramiento de la situación en la que se encuentren, e interactuando unos con otros, conducirán a un reacomodamiento general de la estructura de precios relativos y, correlativamente, a la redefinición de toda la composición de los procesos complementarios de producción y consumo. La inconsistencia del análisis de Keynes es que, como presupone conductas homogéneas de parte de los agentes, no alcanza a percibir que algunos agentes (esencialmente, los que queden situados en una posición de submarginalidad, es decir, los que no sean competitivos en una circunstancia determinada) buscarán insertarse al sistema productivo realizando otras actividades, aceptando un salario más bajo o emigrando a ámbitos que les ofrezcan posibilidades más promisorias. Por ende, como lo sostenía la teoría clásica, el problema del desempleo tiende a resolverse de manera espontánea, por medio de la propia acción de los individuos buscando su beneficio personal.

El “método de análisis” que quizá le faltaba a la escuela clásica y que Keynes echa de menos, es la praxeología. Es posible que la escuela clásica –en particular, la de matriz ricardiana− incurriera en el error que Keynes señalaba porque en el pensamiento de Ricardo (y de muchos economistas que siguieron su huella: Marshall, Pigou, etc.) había una omisión del análisis del comportamiento individual de los agentes y una inclinación muy marcada al abordaje macroeconómico. Entonces, el pensamiento económico terminaba tornándose demasiado esquemático y desestimaba las flexibilidades que se puede esperar cuando se concibe al proceso económico regido por la interacción de las acciones individuales guiadas por las señales emitidas por los precios.

Cuando el análisis del proceso económico se focaliza en las conductas individuales de los agentes que buscan su beneficio individual guiados por los datos transmitidos por el sistema de precios, la posibilidad de que cada persona se reinserte en el sistema en una posición que sea compatible con el equilibrio general, aparece nítidamente. Keynes, que pensaba la economía como un proceso donde las conductas de los agentes son homogéneas, no podía percibir los infinitos matices que pueden caracterizar a los comportamientos individuales, y la enorme flexibilidad que un proceso económico que opera bajo ese principio, puede llegar a presentar. Keynes omitía considerar el principio que Hayek estableció nueve años después de la publicación de la Teoría General:

“… los precios pueden actuar para coordinar las acciones separadas de diferentes personas en la misma manera en que los valores subjetivos ayudan al individuo a coordinar las partes de su plan”[11]

En el libro de Keynes, la función orientativa de los precios no cumple ningún papel. Entonces, dado que ese ingrediente quedaba soslayado, no había modo de tener en consideración cómo los cambios en las tendencias de consumo se proyectan hacia el sistema de precios y, de ese modo, inducen el reacomodamiento de toda la estructura de producción, incluida la distribución del recurso “trabajo”. 

6 – Ocupación y sistema de precios

En el Capítulo 20, Keynes pasa a explicar de qué depende la realización del objetivo de la plena ocupación. Este capítulo es consecuente con el anterior. Los precios, como proveedores de información a los agentes, no son tenidos en cuenta. El pasaje que más claramente explica la visión de Keynes sobre el tema es el siguiente:

“… el supuesto sobre el cual nos hemos basado hasta aquí, de que los cambios en la ocupación solo dependen de modificaciones en la demanda global efectiva (en unidades de salarios), es sólo una primera aproximación, si admitimos que hay más de una manera de gastar un aumento de los ingresos; porque el modo en que supongamos se distribuye entre los diferentes bienes el crecimiento de demanda global puede influir considerablemente sobre el volumen de ocupación. Si, por ejemplo, la elevación de la demanda se dirige principalmente hacia los productos que tienen gran elasticidad de ocupación, el aumento global de ocupación será mayor que si el aumento de demanda va a productos con poca elasticidad de ocupación.Del mismo modo, la ocupación puede bajar sin que haya ocurrido ningún cambio en la demanda total, si la dirección en el lado de la demanda se modifica en favor de los productos que tienen una elasticidad relativamente baja de ocupación”[12]

Una vez más, esto supone desconocer por completo cómo los seres humanos actúan y de qué modo las valoraciones subjetivas condicionan las decisiones de los agentes económicos. Hay una cuota de verdad en lo que Keynes dice, y esa parte es la que induce a confusión.

Es cierto que, al modificarse las tendencias de consumo, cambia también la estructura de la demanda de trabajo. Es lógico que esto suceda. El trabajo es un insumo de la producción y si los consumidores modifican sus preferencias, el proceso de producción se debe amoldar a esas alteraciones. Por lo tanto, es natural que el trabajo, como parte del proceso de producción, quede afectado.

Hasta ahí, el análisis de Keynes está bien encaminado. Pero se trata de un enfoque al que le faltan componentes. Las conclusiones de Keynes están basadas en ese análisis incompleto. Como omite tomar en consideración factores que están presentes y forman parte del proceso económico, esas conclusiones, basadas en un razonamiento inacabado, terminan siendo erróneas. Pero entonces ¿cuál es el factor al que Keynes no tuvo en cuenta? Véamoslo.

Si se modifican las tendencias de consumo y, subsiguientemente, cambia la estructura de producción y por lo tanto también la naturaleza del trabajo demandado, todo esto traerá aparejada una modificación en el conjunto de la estructura de precios relativos de la economía. Este cambio en la estructura de precios afectará también, por supuesto, a los diferentes salarios.

Si la evolución de las tendencias de consumo determinan que el peso del trabajo en la estructura general de producción se reduce, eso derivará, necesariamente, en una disminución de aquellos salarios cuya utilidad dentro del proceso de producción se haya reducido o haya desaparecido (en este último caso, los trabajadores involucrados quedarán desempleados). Pero esos salarios más baratos  o esos trabajadores desocupados generarán los incentivos para que algunos emprendimientos, hasta ese momento submarginales, pasen a incorporarse al rango de marginalidad y, en consecuencia, reabsorban (con un precio del trabajo adecuado a las nuevas circunstancias) a los trabajadores que puedan haber quedado afectados por la readecuación de la estructura de producción que el cambio en las tendencias de consumo había requerido. Este proceso, aplicado al precio del trabajo, es análogo al famoso ejemplo ilustrativo presentado por Hayek en relación al cambio del precio del estaño en El uso del conocimiento en la sociedad.

Ahora bien, hay que emplear a la praxeología como método analítico para poder comprender este proceso. El enfoque keynesiano cuestiona las conclusiones a las que había llegado la economía clásica de matriz ricardiana, pero no modifica los métodos por medio de los cuales esa escuela había desarrollado su doctrina. Tanto Ricardo como Keynes tienden a pensar en términos macroeconómicos, sin considerar el hecho de que la macroeconomía es simplemente el efecto acumulado de las acciones individuales. Como estas acciones no son homogéneas sino heterogéneas, no es posible prever los resultados agregados futuros, ya que estos dependen de decisiones que no se pueden conocer a priori. Pero bajo la influencia del pensamiento predominante en ciencias físicas (que estudia entidades cuyos comportamientos sí son homogéneos) la economía tendió a buscar explicaciones sobre la base de métodos donde los agentes operan de manera homogénea. Ese método analítico es erróneo. La praxeología, propuesta como enfoque alternativo por Mises –relacionada con criterios antes presentados por Adam Smith y Menger− es la solución[13].

En efecto, el hecho de que la conducta humana está regida por el principio universal y omnipresente de aspirar a pasar de “equis” a “mejor que equis” elimina ese rasgo de fatalidad con el que Keynes presenta al problema de las evoluciones en la demanda de trabajo. Son los propios individuos, en la búsqueda de mejorar la situación en la que se encuentren en un momento dado, los que generan espontáneamente la dinámica que, como lo explica la economía clásica, anula la posibilidad del desempleo involuntario en condiciones de laissez faire. Boulding explica con mucha exactitud cómo la sumatoria de las acciones individuales se proyecta en resultados generales sobre el proceso económico en su conjunto:

“… si los propietarios de unos recursos cualesquiera creen que pueden emplearlos con ventaja en otro uso distinto al que los dedican, estos recursos se trasladarán del uso menos ventajoso al más ventajoso. El proceso de traslado tendrá, en general, el resultado de hacer que la ocupación a la que se han trasladado los recursos resulte menos ventajosa que antes, y que la ocupación de la que se han retirado los recursos resulte más ventajosa que antes. Por lo tanto, mientras haya quien crea que los recursos que posee (bien sea su propio cuerpo o cualquier otro objeto) le producirán mayor ventaja en una ocupación distinta a la que los dedica en la actualidad, dichos recursos se trasladarán de una ocupación a otra”[14] 

7 – La praxeología como método analítico

La fuerza que propulsa la evolución del proceso económico está situada en las acciones de los individuos que, en el afán de pasar de una situación “equis” a una situación “mejor que equis”, eligen intercambiar bienes que valoran subjetivamente menos, por bienes que valoran subjetivamente más, con otros sujetos, cuyas valoraciones subjetivas sean inversas a las de su contraparte. Las millones y millones de operaciones comerciales que se realizan diariamente en todos los rincones del mundo dan vida a ese entramado de relaciones de intercambio al que, por economía idiomática, denominamos “mercado”. La existencia de los mercados institucionalizados es una resultante del hecho de que, en el decurso del devenir histórico, los seres humanos llegaron a descubrir que, por medio de la realización de intercambios, pueden cumplir eficientemente el propósito universal de pasar de “equis” a “mejor que equis” en lo referido a la satisfacción de sus requerimientos de bienes materiales (que es el objeto de estudio de la ciencia económica).

La teoría de Keynes está elaborada sin tener en consideración ese hecho básico de la realidad económica. Keynes no se hace cargo de que la propensión a pasar de “equis” a “mejor que equis” es un atributo inherente a la conducta humana y que ese es el factor que impulsa el constante progreso de la economía. Dado que deja de lado ese principio básico de la praxeología, procura crearlo artificialmente por medio del intervencionismo del Estado… Por eso sostenemos –lo dejamos consignado al comienzo de este texto− que la teoría de Keynes podría ser consistente con la premisa desde la que parte. Nuestro cuestionamiento no es hacia el cuerpo teórico que Keynes deduce a partir de ese supuesto, sino al supuesto inicial. El motivo de nuestra crítica es que ese supuesto desestima el principio básico de la praxeología.

La incorporación de los argumentos praxeológicos al análisis en el campo de las ciencias humanas (mal llamadas ciencias sociales) encierra la dificultad de que obliga a acomodar el pensamiento al trato con entidades heterogéneas (los seres humanos), algo a lo cual no estamos habituados porque la estructura lógica de pensamiento predominante está adecuada a la naturaleza de las ciencias físicas, que tratan con entidades homogéneas (todos los cuerpos y sustancias similares se comportan de la misma manera). Entonces, como la mente está “adaptada” a ese esquema de procedimiento, hay una tendencia natural a aplicar esa fórmula sin analizar si es apropiada para el estudio de las ciencias humanas. Keynes escribió sobre la base de ese principio y, como los lectores de Keynes también tienden a tener la mente sujeta a esa matriz, las ideas de Keynes terminaron pareciendo sumamente lógicas a muchísima gente. Zanotti escribió que

“El científico tiene una auto-comprensión errónea de su propia actividad, absorbida desde el paradigma positivista, y los científicos de las ciencias sociales creen, para colmo, que deben imitar aquello que ni siquiera puede ni debe hacerse en las ciencias naturales”[15].

Es necesario “reconfigurar” el método de abordaje de los problemas que la ciencia económica trata para poder concebir soluciones apropiadas a los interrogantes que el estudio de la búsqueda de satisfacción de los requerimientos materiales de los seres humanos plantea. La praxeología, a la cual Keynes omite tener en consideración, parece ser el camino correcto. Esto supone también desestimar el empleo de fórmulas matemáticas y representaciones gráficas, que solo pueden expresar relaciones entre entidades homogéneas, y desestiman los matices, que son, justamente, el rasgo característico de las conductas humanas. Aquí nos hemos limitado a analizar, desde una perspectiva praxeológica, algunos aspectos de la teoría de Keynes, porque constituye un buen ejemplo del camino que creemos conveniente seguir. Hemos dejado de lado, por ejemplo, el análisis praxeológico de la teoría keynesiana del interés, que demostraría cómo en un mercado financiero libre, la tasa ajusta espontáneamente y torna innecesaria la regulación estatal que Keynes propone. Pero todo esto no son sino algunos ejemplos puntuales. El espacio disponible para el avance en el campo del análisis praxeológico es casi literalmente infinito.

ALEJANDRO N. SALA

[1] Keynes, John Maynard. Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero. Fondo de Cultura económica. (Buenos Aires, 1992): 215

[2] Keynes, op. cit.: 32-33

[3] Keynes, op. cit.: 188

[4] Zorrilla, Rubén. La sociedad del mal. Nuevo hacer. Grupo Editor Latinoamericano (Buenos Aires, 2000): 238

[5] Boulding, Kenneth. Análisis económico. Revista de Occidente (Madrid, 1947): 735

[6] Mises, Ludwig Von. La Acción Humana. Unión Editorial (8° edición, Madrid, 2008): 708

[7] Keynes, op. cit.: 78

[8] Hazlitt, Henry. Los errores de la nueva ciencia económica. Aguilar (Madrid, 1961): 336

[9] Keynes. Op. cit.: 229

[10] Keynes. Op. cit.: 237

[11] Hayek, Friedrich. El uso del conocimiento en la sociedad. En línea: http://www.hacer.org/pdf/Hayek03.pdf. Pag: 8

[12] Keynes. Op. cit.: 255

[13] Conviene aclarar, no obstante, que Mises, si bien enunció a la praxeología como método conceptual, no la desarrolló en plenitud en sus aplicaciones analíticas.

[14] Boulding, Kenneth. Análisis económico. Revista de Occidente (Madrid, 1947): 176

[15] Zanotti, Gabriel. Introducción filosófica al pensamiento de F.A. Hayek. En línea: https://www.academia.edu/25565173/Introducci%C3%B3n_filos%C3%B3fica_al_pensamiento_de_F.A._Hayek: 45