ECONOMÍA DE MERCADO Y ACCIÓN POLÍTICA

TRABAJO INCLUIDO EN EL LIBRO NUEVAS POLÍTICAS PÚBLICAS, RECOPILADO POR EL DOCTOR RICARDO LÓPEZ MURPHY (2014)

El sostenimiento político de la economía de mercado es una tarea ingrata. Es muy improbable que quien asuma la representación pública de la economía libre se convierta en una figura popular, carismática, seductora. El mensaje que debe transmitir un político identificado con el liberalismo económico no suele coincidir con el que las grandes mayorías desean escuchar.

Esta circunstancia constituye un obstáculo difícil de superar a los efectos del desarrollo de una acción política sistemática en apoyo de la economía de mercado. Es infinitamente más fácil defender cualquiera de las variantes de la economía planificada, que implica asignar recursos a fines específicos, con todas las perspectivas de bienestar concreto que en tales promesas van implicadas, que simplemente limitarse a proponer la creación de un marco normativo en cuyo contexto los agentes económicos deberán operar en competencia con otros operadores para, eventualmente, acceder a los recursos escasos.

El hecho de que la defensa de la economía de mercado encierre estas dificultades es una cuestión que, en los círculos políticos liberales de la Argentina, nunca ha sido objeto de un análisis sistemático, profundo y profesionalizado, a pesar de la enorme relevancia del tema. Resulta por lo tanto oportuno desarrollar algunas reflexiones al respecto.

1 – El problema 

Que la economía de mercado sea impopular es un hecho perfectamente explicable, inclusive desde los propios fundamentos teóricos del liberalismo económico. ¿Cuál es el problema esencial que la economía estudia, según cualquier texto introductorio al análisis económico? Pues, la asignación de recursos escasos a fines alternativos. Esto implica la necesidad de establecer prioridades. De hecho, eso es lo que cada agente económico hace ante cada instancia en la que debe tomar una decisión.

Ahora bien, esto es relativamente fácil de entender en lo referido a la vida individual porque la escala ordinal de preferencias es directamente perceptible por cada individuo. Todos sabemos, ante la opción “A o B”, qué preferimos. Y, por lo tanto, decidimos en consecuencia. Pero el problema se torna bastante más complejo cuando se trata de la asignación de recursos entre millones de individuos. ¿Por qué esta decisión es más difícil de tomar?

La razón es que cada uno considera que sus motivos subjetivos para requerir recursos escasos son más válidos que los argumentos de los demás. Los habituales tironeos sobre el tipo de cambio, donde cada sector de la economía demanda el nivel que particularmente le conviene, son un ejemplo típico en este sentido. Entonces ¿cómo asignar esos recursos escasos? Por medio del arbitraje entre la oferta y la demanda en el mercado, naturalmente. Pero la defensa del libre mercado implica, por lo tanto, la afirmación de que no todos los requerimientos de todos los miembros de la comunidad serán plenamente satisfechos en forma inmediata.

Este es, en esencia, el problema que afronta el político que sale a defender el libre mercado: que, por la naturaleza de su posición, no está en condiciones de prometer respuestas satisfactorias a los requerimientos de los votantes… El sostenimiento de la economía de mercado implica, por definición, abstenerse de prometer soluciones específicas. Sucede, sin embargo, que precisamente eso, respuestas determinadas, es lo que la abrumadora mayoría de los votantes demandan. Por lo tanto, el político que defiende la economía de mercado está “vendiendo” un producto que no concuerda con las demandas de los consumidores.

2 – Una divergencia intertemporal

Esta dificultad suele ser subestimada en los núcleos liberales. Paradójicamente, esa subestimación es el reverso del mayor activo con el que el liberalismo económico cuenta, es decir, su solvencia conceptual. Veamos entonces este aspecto de la cuestión.

La economía de mercado es un sistema muy sólido estructuralmente. Aceptada su premisa básica, es decir, que los individuos actuando en su propio interés dan lugar a un orden económico en el que la creación de riqueza tiende a incrementarse constantemente y que, por lo tanto, aumenta la eficiencia macroeconómica y el bienestar de los seres humanos, de ahí en más todos los desarrollos intelectuales de la economía de mercado son muy consistentes. La convicción de que esto es así resulta, sin embargo, un adversario muy difícil de superar a los efectos del desarrollo de la acción política en favor de la economía de mercado. ¿Cómo se explica esta contradicción, cómo es que la solidez conceptual opera en contra de la acción política en defensa de los principios del libre mercado?

La razón de este aparente contrasentido radica en que, usualmente, quienes sostenemos la economía de mercado tendemos a tener una visión muy racional de la realidad. Por eso defendemos la vigencia de la economía de mercado, ya que se trata de un sistema muy coherente. Por lo tanto, involuntariamente, somos proclives a desdeñar los planteos que no tienen fundamentos lógicos. En términos de consistencia conceptual, los enfoques estatistas no tienen ninguna posibilidad de competir con la economía de mercado. Consecuentemente, quienes estamos alineados en la defensa del liberalismo económico tendemos a suponer que, como defendemos ideas acertadas, no debemos hacer otra cosa que proclamarlas para que cualquier persona de buena voluntad entienda que estamos en lo correcto.

Pues bien, no es así. La racionalidad, la coherencia, la lógica con las que la mayoría de los votantes toman decisiones son completamente diferentes del modo en el que razonamos quienes defendemos la economía de mercado. El criterio con el que casi todos los ciudadanos toman decisiones es la búsqueda de resultados satisfactorios en el corto plazo, justamente aquello que los sostenedores de la economía de mercado no podemos ofrecer. Nosotros proponemos el recorrido de un camino a lo largo del cual, gradualmente, esperamos que la cooperación social voluntaria derivada de los beneficios mutuos de los intercambios en el mercado, derive en un proceso de crecimiento y bienestar generalizados y sustentables en el tiempo. La crítica que desde la economía de mercado le hacemos a los regímenes estatistas es que los beneficios que proporcionan en el corto plazo no se sostienen en lapsos más prolongados. Sucede, sin embargo, que los votantes no suelen tener paciencia. Hay una divergencia intertemporal entre las propuestas de los sostenedores de la economía de mercado y las demandas de la amplia mayoría de los ciudadanos.

3 – El rol político del liberalismo

¿Hay algún modo eficaz de neutralizar el efecto negativo de la divergencia intertemporal entre la perentoriedad de las demandas de los votantes y la demora en la producción de resultados bajo la vigencia de un sistema de libre mercado? Esta pregunta no puede ser respondida en forma abstracta, sin referirla a circunstancias políticas concretas. La experiencia práctica demuestra que las fuerzas representativas de la economía de mercado tienden a crecer electoralmente cuando la situación económica se torna muy crítica, y prácticamente desaparecen cuando la crisis queda superada. Al menos, esto fue lo que sucedió con la Ucede en los años ’80 y con Recrear en 2003. El hecho de que esta relación inversa tenga lugar es consecuente con el fenómeno de la divergencia intertemporal entre la oferta de los partidos liberales y las demandas del electorado.

En efecto, es lógico que, cuando la economía entra en crisis, la angustia que se apodera de la población la impulse a inclinarse por el sistema que le provee, aún a costa de grandes sacrificios, una solución. En las instancias de crisis la divergencia intertemporal desaparece porque la demanda de racionalidad en el manejo de la macroeconomía pasa a ser prioritaria, a diferencia de lo que sucede en tiempos normales, cuando los requerimientos microeconómicos son los que ocupan la preferencia temporal de los ciudadanos.

Pero esta pauta de comportamiento deriva en que las crisis sean recurrentes. Esto también es lógico. Si sólo nos preocupamos por los equilibrios macroeconómicos en los momentos críticos y nos permitimos excesos cuando tenemos holgura, es natural que tales abusos tengan un costo que, finalmente, deriva en las crisis que nuevamente potencian las posibilidades de crecimiento político transitorio de los partidos vinculados con el sistema de libre mercado, y así sucesivamente. El problema, entonces, es evaluar si es posible evitar o al menos atenuar esas fluctuaciones electorales tan pronunciadas.

Para la Argentina, la presencia de una fuerza que exprese formalmente a la economía de mercado probablemente tendría un efecto político significativo. Es impensable que un partido de extracción liberal acceda al gobierno nacional dentro de un plazo previsible. Pero el sistema de representación proporcional permite que una corriente que no acceda al gobierno pueda ocupar cargos en los cuerpos legislativos y, en tanto tenga un cierto peso numérico, un partido representativo de la economía de mercado podría cumplir un rol moderador frente a los desequilibrios derivados de las políticas de los partidos populistas. En ese sentido, un factor que presumiblemente operaría a favor es el “corrimiento hacia el centro” verificado en las últimas elecciones, donde todos los candidatos que emergieron como vencedores mostraron perfiles moderados, alejados de la confrontación característica del estilo kirchnerista.

4 – El liberalismo en el contexto político actual

Ahora bien ¿cuáles serían el método operativo y el perfil público que esa fuerza representativa de la economía de mercado debería adoptar para poder cumplir esa función moderadora que le hemos atribuido? ¿Debe ser un partido combativo o conciliador, debe hacer denuncias estridentes o adoptar una postura más formal, debe priorizar la llegada a algún segmento del electorado o debe tener un mensaje abarcativo?

Seguramente, ninguna de estas preguntas admita una respuesta absolutamente categórica. La política práctica depende en gran medida de las circunstancias específicas y también de las inclinaciones, aptitudes, fortalezas y debilidades de los actores concretos. Por lo tanto, resultaría quizá muy aventurada la intención de definir de antemano cómo debería actuar un supuesto partido liberal que actualmente no existe y que si fuera creado debería operar en un contexto que desconocemos. Hayek denominaría “constructivismo” y cuestionaría severamente una elaboración de este tipo.

Pero, aún así, es necesario concebir, al menos provisoriamente, un escenario en el que ese partido imaginario debería actuar y definir, siquiera tentativamente, cómo debería desenvolverse. Sin un mínimo de planificación es imposible iniciar cualquier movimiento en alguna dirección. Los liberales no solemos ser propensos a plantearnos este tipo de problemas porque tendemos a presumir que, con la coherencia ideológica, es suficiente para sustentar una acción política eficiente. Sin embargo, esto no es así. El problema de la divergencia intertemporal entre la oferta liberal y los requerimientos de los votantes, ya explicado, pone en evidencia que es necesario elaborar mecanismos que permitan a la fuerza que represente a la economía de mercado sostenerse políticamente aún en las instancias en las que la economía esté atravesando por fases expansivas, en las cuales las demandas de los votantes son de naturaleza microeconómica, justamente aquellas que el liberalismo no está en condiciones de satisfacer.

Este problema nunca fue considerado ni mucho menos resuelto en los treinta años que la democracia lleva de vigencia en nuestro país. Pero este fenómeno del “corrimiento hacia el centro”, que se manifestó en las elecciones de 2013, presumiblemente abrirá un escenario político novedoso, en el cual cabe conjeturar que una fuerza que exprese a la economía de mercado probablemente encuentre mejores oportunidades para desenvolverse.

En los últimos años, durante la gestión del kirchnerismo, todo el proceso político estuvo sumido en un profundo clima de tensión. El gobierno se encargó de provocar esa atmósfera y el recuerdo de la crisis de 2001 operaba en su favor. El resultado de las elecciones de 2013 demostró que el conjunto de la sociedad está ya cansada de los K y sus métodos. De hecho, el propio gobierno se vio obligado a cambiar el estilo y renovar su elenco para llevar adelante su gestión durante estos dos últimos años. Seguramente a partir de 2015, gane quien gane, el clima político se tornará más distendido, sin perjuicio de las controversias lógicas en un sistema pluralista.

No hay razón alguna para creer que la calidad del debate político vaya a elevarse, pero justamente esa es una oportunidad para un partido que exprese a la economía de mercado. En un contexto de tolerancia y convivencia pero mucha indigencia intelectual, una fuerza liberal debería, necesariamente, marcar una diferencia de calidad, aunque numéricamente sea pequeña.

5 – La metodología de trabajo

Un error muy habitual en los círculos políticos del liberalismo es el de abordar la política, no desde la realidad concreta en la que se está actuando, sino desde la ideología. Esta práctica suele llevar a la asunción de posiciones muy sofisticadas conceptualmente pero que, en términos políticos, son completamente abstractas. Un ejemplo de este tipo de enfoques es la iniciativa de promover la eliminación del banco central e impulsar un sistema de banca libre. En el plano teórico cabe concebir que esa idea sea válida. Eventualmente, en un futuro por ahora lejano es posible que la banca centralizada desaparezca. Pero en la Argentina actual ese proyecto es impensable. Por lo tanto, aún admitiendo la hipótesis de que sea una teoría acertada, la falta de consenso la torna inaplicable y, por lo tanto, carente de sentido político.

Este caso suele repetirse en muchos temas y eso constituye un obstáculo importante para el desarrollo de cualquier proyecto liberal, ya que las posiciones extremas suelen generar serias controversias internas y anulan la posibilidad de obtener siquiera una mínima adhesión de segmentos de votantes independientes. La condición esencial que un proyecto liberal debe cumplir es la de ser realista. La Argentina de esta época no está madura para plantearnos programas desmedidamente ambiciosos.

Para algunos, seguramente, esta modestia tendrá sabor a poco, pero un programa razonable para un partido que represente a la economía libre en esta instancia política, sería promover el equilibrio presupuestario y un proceso gradual de sinceramiento de las tarifas que el kirchnerismo mantiene subsidiadas. Estas medidas son muy difíciles de tomar porque afectan innumerables intereses, pero tienen la particularidad de que neutralizan el fenómeno de la divergencia intertemporal porque constituyen herramientas esenciales para satisfacer una demanda de corto plazo de la población, como es la erradicación de la inflación. Recordemos que habíamos dicho que la principal dificultad para desarrollar una acción política en favor de la economía de mercado es la divergencia intertemporal entre la naturaleza de la oferta política liberal, y la producción de resultados verificables. Si una fuerza representativa de la economía de mercado planteara el equilibrio presupuestario y el sinceramiento tarifario como ejes de su acción política, estaría apuntando hacia el núcleo del problema inflacionario, que sí es una demanda de corto plazo. De ese modo, podríamos superar, al menos en este contexto, el problema estructuralmente más complejo que el sostenimiento político de la economía de mercado plantea, es decir, la divergencia intertemporal. Adicionalmente, podríamos agregar a nuestra propuesta la aplicación del bono educativo para subsidiar la demanda, en lugar de financiar la oferta, como se hace actualmente. Esta iniciativa no tiene ni la más remota probabilidad de encontrar eco por el momento, pero el solo hecho de plantearla constituye un revulsivo político que es conveniente producir de manera deliberada con el fin de abrir debates novedosos y de “dar que hablar” en los medios de comunicación.

Este mismo método de selección temática, en principio, podría ser aplicable en otro tipo de contextos, cuando la situación política vaya evolucionando y los temas que ocupen el centro del escenario sean otros, lo que nos obligaría a cambiar los contenidos, en tanto se vayan renovando las demandas de la población. La tarea de reforma global del régimen económico es gigantesca y seguramente no tendrá lugar de manera abrupta sino que lo será gradualmente, con avances, contramarchas, desviaciones, vacilaciones, atascamientos y recomienzos. Por lo tanto, los debates referidos a las diversas ramas de la estructura de la economía serán constantes y los liberales siempre tendremos algo para decir y para proponerle a la población. Nuestra tarea política consiste en detectar cuáles son los requerimientos siempre cambiantes de la ciudadanía e imaginar argumentos por medio de los cuales darles respuestas que expresen soluciones liberales que resulten aceptables para, al menos, ciertos segmentos del electorado.

6 – Bases estratégicas

Un programa como el descripto está concebido, inexorablemente, en términos de una visión estratégica de largo plazo. La conversión profunda del régimen económico estatista e intervencionista en un sistema liberal no tendrá lugar en forma repentina, inmediata, fulminante. Será, por el contrario, gradual, progresiva, acumulativa y requerirá una acción política de largo aliento. Las condiciones personales que son requeridas para participar de esta tarea son paciencia, tolerancia, convicción, circunspección, abnegación, tenacidad (mucha perseverancia), flexibilidad política y una sólida formación técnica. Se debe entender que la acción política implica establecer prioridades. No todas las medidas pueden ser propuestas simultáneamente. El criterio general de selección para la elaboración de los programas en cada instancia política es tratar de neutralizar o atenuar el efecto electoralmente contraproducente de la divergencia intertemporal. La guía general es que toda la gestión partidaria debe estar orientada hacia la ampliación de los márgenes de libertad individual, pero que ninguna posición específica es “no negociable”. Quizá convenga en este punto citar a Hayek[1], que señalaba en Camino de Servidumbre que

“No hay nada en los principios básicos del liberalismo que hagan de este un credo estacionario; no hay reglas absolutas establecidas de una vez para siempre. El principio fundamental, según el cual en la ordenación de nuestros asuntos debemos hacer todo el uso posible de las fuerzas espontáneas de la sociedad y recurrir lo menos que se pueda a la coerción, permite una infinita variedad de aplicaciones”.

            Está en nosotros saber seleccionar, en cada instancia de la vida política, cuál es la forma apropiada de aplicar los principios generales del liberalismo que se adapten a los requerimientos de esa circunstancia específica. En la medida en que esas respuestas sean apropiadas, cabe esperar que los resultados electorales nos acompañen, que la influencia del liberalismo en la vida política del país sea creciente y que las resistencias a transformar el sistema económico se vayan “ablandando”.

Está teniendo lugar, desde hace algunos años, un fenómeno auspicioso, que es el hecho de que, en diversos puntos del país, está surgiendo un activo movimiento juvenil en favor del liberalismo. Como todo movimiento juvenil, es bullicioso, impaciente y con propensión a la radicalización. Esto es normal por razones generacionales. Todos hemos sido jóvenes alguna vez y hemos imaginado que los problemas eran más simples de lo que luego la vida nos hizo ver que resultaban. Hay algo de esto en algunos integrantes de ese movimiento. Pero es esencialmente importante que esos núcleos juveniles encuentren espacio si surgiera un proyecto liberal basado en los principios aquí expresados. La naturaleza largoplacista de la iniciativa aquí concebida torna de la mayor importancia que exista una retaguardia generacional que se forme intelectual, política y técnicamente para “tomar la posta” a medida que el transcurso del tiempo vaya haciendo que se requiera una renovación paulatina de los actores, los métodos y los contenidos.

La razón por la cual la economía de mercado es superior a cualquier esquema de planificación centralizada o dirigida radica en los resultados que produce en términos de progreso y bienestar. La cooperación social basada en los intercambios voluntarios mutuamente beneficiosos es un poderosísimo incentivo de la conducta de los individuos, pero también encierra dificultades operativas que tornan necesaria una acción deliberada para garantizar los derechos y libertades individuales que hacen posible ese proceso social. Pero el núcleo del problema, en la Argentina, es que la población no comprende ese fenómeno, está confundida en cuanto a la relación de causa y efecto entre la vigencia de la economía de mercado, y el progreso y el bienestar. Entonces, cae bajo la influencia de los políticos populistas, que la inducen a votar programas de naturaleza intervencionista que son perjudiciales para los propios ciudadanos que se inclinan por ese tipo de propuestas.

Toda la acción política liberal debe estar orientada, en definitiva, a incentivar la rectificación de las erróneas ideas que la amplia mayoría de la población abriga respecto del modo de estructurar el sistema económico. El consenso general en nuestro país es que el intervencionismo del Estado, y no el libre desenvolvimiento de las fuerzas del mercado, es el camino apropiado para promover el progreso del país y el bienestar del pueblo. Esa creencia es errónea. Contra ese error debemos contender, en el terreno del debate político, los liberales.

Reflexión final

La presencia en el escenario político de una fuerza liberal que se plantee como objetivo prioritario la transformación del régimen económico estatista, intervencionista y prebendario, en un sistema basado en el libre mercado, tendría un efecto moderador que, en sí mismo, sería beneficioso para el país como conjunto y para el bienestar individual de los habitantes. No es el propósito de un partido de esas características “hacer una revolución” ni impulsar cambios abruptos que, aunque eventualmente serían deseables, son imposibles de materializar porque la sociedad no está culturalmente predispuesta a convalidarlos.

Pero sí sería el propósito de esa corriente obtener un cierto caudal electoral y tener representación parlamentaria, a través de la cual influir para tratar de evitar los errores más flagrantes, moderar los excesos, incentivar los aciertos y corregir las imperfecciones de las fuerzas momentáneamente mayoritarias. Esto demanda una enorme idoneidad técnica, combinada con criterio político y sentido de la oportunidad, pero ese es un desafío que está claramente dentro de nuestras posibilidades. Lo que se debe evitar, en el desarrollo de una acción política de estas características, es el dogmatismo, el principismo exagerado, la soberbia intelectual. Los mecanismos operativos a los que debemos recurrir son la persuasión, la negociación, la argumentación, es decir, aquellos puntos en los cuales podemos obtener adhesión sin generar rispideces innecesarias. Es esencialmente importante que sepamos sostener nuestras ideas por medio de actitudes cordiales con quienes no piensan como nosotros, ese es un factor determinante para generar corrientes de diálogo y buena predisposición hacia nosotros que nos permitan aumentar nuestro margen de influencia. Debemos entender que quienes discrepan con nosotros tienen sus razones para pensar diferente, y nuestra tarea consiste en inducirlos a reflexionar sobre los fundamentos de sus ideas. Por eso el clima de moderación política que parece ir ganando terreno en la Argentina nos favorece. En ese contexto seguramente hallaremos espacios apropiados para explayar nuestro pensamiento y nuestros programas. Y cuando no encontremos eco, algo que seguramente nos sucederá muchas veces, deberemos dejar sentado nuestro desacuerdo sin incomodarnos, votar en contra y seguir trabajando con la misma tenacidad y convicción de siempre. El método liberal es “la gota que horada la piedra”. Por ese camino, finalmente, la consistencia de nuestras ideas y los aciertos que podremos ir exhibiendo demostrarán, inequívocamente, que, mientras todos los populismos son efímeros, las verdades del sistema basado en el mercado libre permanecen eternamente vigentes porque están vinculadas con la esencia de la condición humana.

 

ALEJANDRO N. SALA

alejandron_sala@yahoo.com.ar

[1] Hayek, Friedrich (1944) – Camino de Servidumbre – Alianza Editorial (Madrid, 1976): 45