ECONOMÍA DE MERCADO Y REALIZACIÓN PERSONAL

La economía de mercado no es, simplemente, un método eficiente de producción y distribución de riquezas materiales. Por supuesto que, en un marco de libertad, el proceso económico tiende a incrementar sistemáticamente su eficiencia. Pero la significación del sistema de libre mercado excede en mucho su mera utilidad material. Hay un profundo trasfondo humanístico en el hecho de que podamos comprar y vender libremente lo que deseemos y al precio que decidamos.

Los debates vinculados al ordenamiento económico están usualmente focalizados en los resultados prácticos que cabe esperar de las diferentes alternativas en discusión. Y está bien que sea así. El propósito de la economía es producir consecuencias tangibles. Un sistema económico que no produzca buenos indicadores es insostenible.

Sin embargo, en un terreno menos prosaico y más humanístico, cabe preguntarnos por los efectos que de cada ordenamiento económico se derivan más allá de los meros resultados materiales concretos. Un sistema económico, en definitiva, no es un fin en sí mismo. Es, por el contrario, un medio para que los seres humanos podamos disponer de los medios prácticos que nos permitan alcanzar los objetivos más trascendentes de la vida de cada uno de nosotros.

1 – REALIZACIÓN PERSONAL Y MEDIOS MATERIALES

La vida humana consiste en mucho más que en satisfacer las necesidades materiales de subsistencia y reproducción. La existencia humana está dotada, de algún modo, de alguna cualidad que la carga de trascendencia. Si así no fuera, los esfuerzos que los seres humanos realizamos cotidianamente a fin de alcanzar objetivos de la más diversa índole carecerían de significación alguna.

No importa cuál sea el sentido general de la vida humana. Cada uno de nosotros tenemos nuestra respectiva concepción personal al respecto. Aunque no exista acuerdo general en relación significado de la vida, lo relevante es que todos le atribuimos a nuestro paso por el mundo algún sentido que excede la mera dimensión biológica básica. Todos procuramos que el tiempo de vida que nos es dado esté consagrado a uno o varios objetivos que nos parezcan valiosos, que merezcan nuestros esfuerzos y consuman nuestras energías.

El análisis de la significación humanística de la economía de mercado está vinculado con la determinación del papel que los bienes materiales cumplen en relación al desarrollo de los planes que conducen a la realización personal de cada ser humano… Investiguemos este problema.

Si las necesidades materiales de los seres humanos estuvieran circunscriptas a la satisfacción de las funciones biológicas, la organización de la economía sobre la base de cualquier esquema de planificación centralizada sería probablemente posible. Las demandas destinadas a satisfacer las necesidades básicas para la supervivencia y la reproducción son muy fáciles de proporcionar. Las comunidades de insectos como las hormigas o las abejas son buenos ejemplos en este sentido. El problema aparece cuando a esos requerimientos mínimos se les empieza a sumar demandas cuyo sentido está vinculado con la obtención de bienes cuyo propósito es servir a la satisfacción de expectativas individuales que exceden las meras funciones biológicas básicas.

La posibilidad de que los seres humanos alcancemos los objetivos que nos propongamos, requiere que tengamos a nuestro alcance los medios materiales que tornan accesibles tales propósitos. Recíprocamente, la determinación de nuestros fines está condicionada por los medios con los que consideremos que contaremos. En definitiva, hay una interrelación muy estrecha entre la fijación de las metas individuales y los instrumentos disponibles para intentar alcanzarlas.

Esto significa que la disponibilidad de medios materiales es un componente esencial de la determinación de los objetivos existenciales hacia los que un individuo se dirija. Cuanto más amplio y variado sea el stock de bienes materiales entre los cuales quepa elegir, proporcionalmente mayor será el margen de trayectorias vitales entre las cuales cada sujeto tendrá la posibilidad de optar[1].

Este es el punto donde los debates sobre los fundamentos del ordenamiento económico adquieren una significación que excede el mero cálculo utilitario. Si las posibilidades materiales disponibles están relacionadas con los márgenes de elección respecto de las trayectorias vitales entre las cuales podemos escoger, resulta claro que un ordenamiento económico será tan valioso como alternativas de elección nos ofrezca. Tendremos mayores posibilidades de realización personal en tanto el sistema nos proporcione más medios materiales para elegir los rumbos por los cuales deseemos orientar nuestras respectivas vidas.

2 – MARGEN DE LIBERTAD Y CONDICIONES MATERIALES

La biografía de todo ser humano es, esencialmente, una trayectoria. El comienzo de ese camino es el momento de nuestro nacimiento[2] y el final ocurre cuando fallecemos. A lo largo de ese recorrido, nos vamos planteando objetivos. Mientras somos menores de edad, esas metas nos son impuestas −o, al menos, autorizadas− por nuestros mayores y, una vez que adquirimos autonomía, somos nosotros mismos quienes las vamos eligiendo y procurando alcanzar. El rasgo que resulta esencial remarcar es que la decisión acerca de cuáles planes elaboramos y seguimos es una decisión de cada uno de nosotros. La elección de nuestros fines y el modo de intentar realizarlos es un puro ejercicio práctico de libertad.

Sucede, sin embargo, que la libertad no es absoluta. Aún cuando no haya impedimentos jurídicos para desarrollar una determinada actividad, es necesario que se cumplan los requisitos materiales. Por ejemplo: si deseáramos practicar esquí sobre nieve, necesitaríamos estar en un lugar físico donde haya nieve, una pista de esquí, y las demás instalaciones y condiciones geográficas necesarias a ese fin. Por lo tanto, si esas circunstancias no se cumplen, no estará a nuestro alcance elegir la práctica del esquí sobre nieve aun cuando no haya normas jurídicas que nos lo prohíban. En este caso, nuestra libertad está limitada porque no están cumplidos los requerimientos operativos necesarios para que podamos elegir practicar esquí.

La conclusión a la que arribamos por medio de este sencillo razonamiento, es que el grado de libertad efectiva (es decir, las posibilidades de ejercicio del libre albedrío) del que dispongamos está condicionado por las oportunidades materiales que tengamos a nuestra disposición. Por lo tanto, en la medida en que los medios materiales de los que dispongamos sean más amplios, tendremos una mayor cuota de libertad real, y viceversa. Este es un punto crítico. La cantidad, la calidad, la variedad y el costo de los medios materiales están condicionados −no totalmente, pero sí en una proporción muy significativa− por el ordenamiento económico vigente. Es notorio que, en una sociedad próspera, los individuos cuentan con acceso a mayor cantidad de medios materiales que en una comunidad pobre. Por ende, los habitantes de un país rico tienen más libertad que los residentes en una nación poco desarrollada porque, al disponer de una mayor amplitud de opciones materiales, tienen mayor margen de recorridos vitales posibles. Resulta entonces bastante claro que el grado de desarrollo económico de una comunidad tiene una relevancia que excede en mucho el mero significado estadístico de cuál es el PBI per capita. El bienestar económico pasa a ser, de este modo, un componente −de importancia variable; no es un concepto absoluto− de las posibilidades de realización personal de los miembros de la colectividad.

3 – LA INTERACCIÓN DE LOS OBJETIVOS VITALES INDIVIDUALES

Del análisis desarrollado hasta aquí se desprende que del margen de elección de medios materiales del que dispongamos depende proporcionalmente el número de alternativas entre las cuales podremos elegir el camino que nos propongamos recorrer. Las elecciones de las trayectorias vitales están determinadas por los recursos materiales disponibles. Por ejemplo: nadie −salvo, quizá, algún excéntrico que confirma la regla− se plantea como objetivo prioritario visitar Saturno, sencillamente porque se trata de un plan impracticable, al menos con los medios con los que contamos actualmente.

Esto significa que, a los efectos de que los seres humanos dispongamos de mayor número de recorridos vitales posibles, es necesario implementar un ordenamiento económico que derive en un incremento de la cantidad, calidad, variedad y en una disminución del precio de las mercaderías ofrecidas a la venta. Como claramente puede apreciarse, el sistema económico tiene una significación que excede en mucho el mero alcance en términos de resultados prácticos porque los indicadores numéricos involucran profundos contenidos humanísticos. No es lo mismo que los caminos abiertos para el desarrollo de las potencialidades personales sea amplio o estrecho, y esto depende −no totalmente pero sí en el aspecto operativo− del coeficiente de bienes materiales utilizables. Como ese rango está determinado por el sistema económico vigente, la cuota de oportunidades vitales que los individuos tienen disponibles y el ordenamiento económico son variables estrechamente interrelacionadas.

El paso siguiente de nuestro análisis consiste en preguntarnos qué condiciones debe satisfacer un sistema económico para ampliar el inventario de bienes puestos a disposición de los miembros de la comunidad, de modo que, al crecer la disponibilidad de medios materiales, se incrementen las alternativas vitales entre las cuales los seres humanos podamos optar. Para responder a este interrogante debemos incorporar un nuevo elemento a nuestra investigación.

Consideremos lo siguiente: ¿cómo es que los bienes materiales llegan a estar disponibles para que los seres humanos los empleemos para alcanzar los objetivos que nos propongamos? La respuesta es obvia: porque otros seres humanos se encargan de producirlos.

¿Y por qué motivo hay individuos que se encargan de producir bienes que sean útiles al efecto de que otras personas puedan emplearlos para realizar sus propósitos? La contestación es: porque la producción de esos bienes le proporciona, a quienes los producen, algún beneficio. Si la producción de algo no deriva en alguna ventaja para el productor, es razonable deducir que el bien dejará de ser elaborado. Nadie hace lo que no le conviene[3].

Siguiendo entonces la línea de razonamiento, cabe deducir que el incremento de medios materiales apropiados para que los individuos intenten alcanzar objetivos existenciales está vinculado con que a otros sujetos les convenga ponerlos a su disposición. ¿Y en qué consiste esa motivación que lleva a unos individuos a poner al alcance de otros ciertos bienes materiales? Pues, básicamente, se trata de que el beneficio que obtienen por presentar esos bienes a la venta constituye un propósito vital para quienes ofrecen esos productos…

Resumiendo, entonces, nos encontramos con que el bien que alguien demanda consumir para alcanzar un objetivo vital, es el mismo bien cuya producción consiste en un objetivo vital para otra persona. Esta coincidencia deriva en un proceso espontáneo de intercambios que es el núcleo de la economía de mercado. El hecho de que los bienes materiales comercializados en los mercados estén vinculados con los objetivos vitales de los individuos le da sentido a la idea de que los alcances de la economía libre exceden en mucho su mera eficiencia operativa.

4 – LA INEVITABILIDAD DE LA INCERTIDUMBRE

A los efectos del desarrollo de nuestros planes vitales, cada uno de nosotros vamos estableciendo –y reformulando momento a momento– una escala ordinal de preferencias valorativas. La gestación y actualización de esa escala, conforme a la subjetiva decisión de cada individuo, es un cotidiano ejercicio de libertad. La fijación de nuestras sucesivas preferencias subjetivas nos sitúa ante la instancia –en cierto modo, y paradójicamente, forzada– de tomar decisiones, de elegir qué priorizamos y qué postergamos, en suma, nos obliga –ahí la paradoja, en la obligación– a ser libres.

Esta circunstancia, el hecho de que estamos “obligados a ejercer la libertad de elegir” determina que, cuanto mayores sean las alternativas entre las cuales podamos optar, más libres seremos porque más caminos vitales tendremos a nuestra disposición para decidir cuáles recorremos. La escala ordinal de preferencias subjetivas es el mecanismo del que nos valemos para seleccionar los caminos que recorreremos. Y de esas decisiones –a veces relevantes; en muchas ocasiones, meramente instrumentales– dependen los bienes materiales que consumamos, que serán aquellos que nos resulten útiles al efecto de cumplir nuestros planes.

El argumento en favor de la economía de mercado, entonces, es que los incentivos que la libertad económica crea, derivan en que aumente la cantidad, la calidad, la variedad y disminuya el precio –todo esto redunda en un incremento práctico de nuestro margen de libertad− de los bienes materiales que tenemos a nuestra disposición para emplearlos en la realización de nuestros planes vitales.

El mercado es el sistema económico que incrementa en mayor medida nuestras posibilidades de decidir –es decir, de ejercer nuestra libertad− el modo de emplear nuestros recursos de acuerdo con el orden de prioridad que asignemos a los bienes materiales, conforme cada uno de ellos nos sea útil al efecto de alcanzar nuestros objetivos personales.

Sin embargo, la vigencia de un orden económico basado en el mercado no garantiza que necesariamente alcanzaremos nuestros objetivos. El libre mercado solo crea el marco en el cual tendremos la posibilidad de intentar lograr aquello que nos propongamos, pero la eventualidad del fracaso siempre está presente. Es un grave error el acto de presentar a la economía de mercado como un camino seguro hacia el éxito. No existe la certeza de que nuestros esfuerzos serán fructíferos. La vida humana está, por definición, inmersa en un marco de incertidumbre y, dentro de ese contexto, inexorablemente inseguro, debemos desenvolvernos, procurando alcanzar nuestras metas. El mercado nos provee la información y los medios para tratar de llegar adonde nos lo hayamos propuesto, pero puede haber factores que impidan que logremos nuestros objetivos. Podemos equivocarnos en la evaluación acerca de la viabilidad del proyecto emprendido, podemos fallar en la ejecución del plan o pueden aparecer circunstancias imprevistas, fortuitas o explicables –en muchos casos, desestimadas por improbables, pero que excepcionalmente se producen y alteran el curso imaginado de los acontecimientos− que se interpongan y nos impidan arribar a buen puerto.

5 – UN INTERROGANTE ÉTICO

El hecho de que la economía de mercado no garantice el acceso a los bienes materiales que los individuos demandamos a fin de emplearlos con el propósito de cumplir nuestras metas, abre el espacio para la aparición de severos cuestionamientos hacia la libertad económica. Como en el marco del mercado no es posible satisfacer todas las aspiraciones, como existe la posibilidad de la frustración, como la realización personal no está asegurada, sobreviene entonces el reclamo de que se ponga en aplicación un sistema donde todas esas adversidades sean prevenidas. Un factor que incentiva sobremanera el surgimiento de este tipo de posiciones es que, en el contexto de un sistema de mercado, algunos logran lo que otros no consiguen, aunque lo desean. Esto da lugar a que surja el argumento de que un sistema económico basado en los principios del mercado es inequitativo y, por lo tanto, injusto.

Es absolutamente cierto que el libre mercado es un orden en el cual se producen inequidades. Quien pretenda combinar el libre mercado con la redistribución de ingresos –como Rawls, por ejemplo− estará incurriendo en una contradicción insalvable.

El argumento en el que se basan los planteos que cuestionan a la economía de mercado es que no se puede considerar éticamente legítimo a un sistema que deriva en inequidades que implican que algunos podrán lograr los objetivos vitales que se planteen y otros no lo conseguirán.

Este abordaje por cierto que amerita un análisis. Si, como lo venimos sosteniendo, la economía de mercado constituye no simplemente un método para distribuir bienes materiales sino que además esos bienes son instrumentos al servicio de la realización personal, el reconocimiento de que en el marco del mercado hay inequidades implica asumir que el cumplimiento de las metas individuales puede estar abierto a unos pero no a otros. La aceptación o el rechazo de este principio involucra una profunda toma de posición en el plano ético porque implica nada menos que admitir la posibilidad de que algunos seres humanos llegarán a realizarse como individuos y otros no lo lograrán.

¿Es éticamente legítimo que unos tengan la oportunidad de acceder a la realización personal porque cuentan con medios materiales y otros no dispongan de la misma posibilidad porque no disponen de esos recursos? ¿No implica esta distinción el establecimiento de una discriminación en perjuicio de quienes no disponen de los medios materiales necesarios para acceder a la realización personal? ¿No dejaría esta discriminación vulnerado el principio básico de la igualdad de derechos, sobre el que todo el andamiaje que sostiene a la economía de mercado se sustenta? O, dicho más concretamente ¿no deberíamos admitir que Rawls tiene razón?

6 – REALIZACIÓN PERSONAL Y PROCESO PRODUCTIVO

Frente al hecho de que en el marco del mercado algunos pueden alcanzar los bienes que demandan y otros no pueden conseguirlos, cabe seguir dos caminos. Uno de ellos es el que propugna el socialismo, el cual consiste en que, dado que no todos pueden tener ciertos bienes, lo justo vendría a ser que no los tenga nadie. A simple vista, este parece ser un criterio legítimo porque anula las inequidades.

El sistema de mercado propone un camino alternativo, el cual consiste en aceptar que las desigualdades se produzcan pero, simultáneamente, dejar abierta la posibilidad de que, por medio de la creación de nuevas técnicas de producción, las mercaderías y servicios que ahora tienen un alcance limitado, puedan ser puestos en el futuro a disposición de todos quienes los requieran. Las inequidades del presente son, en este modelo, los progresos del futuro. La justificación ética de las inequidades es que, si no se admitiera que haya desigualdades, no se generarían los conocimientos ni los incentivos para que la disponibilidad masiva de los bienes se torne posible.

El libre mercado es, en ese sentido, una “apuesta” al ejercicio de la libertad y la creatividad puestas al servicio de la realización de los fines individuales y, por carácter agregado, del progreso de la condición humana. El mercado es un instrumento institucional de ese proceso.

El socialismo –en cualquiera de sus vertientes− al condicionar el progreso tecnológico a la posibilidad de que sus aplicaciones tengan alcance universal, impide la libre experimentación práctica, que es la que da lugar al descubrimiento de los métodos que derivan en una mejoría de las técnicas de producción y tornan posible que la disponibilidad de los bienes materiales pase de ser suntuaria a masiva.

En el marco del mercado, en cambio, las innovaciones tecnológicas empiezan por ser marginales en relación a los métodos de producción vigentes en cualquier  momento dado. Si de la experimentación práctica surge que cierta innovación –la que fuere− contribuye a incrementar la eficiencia del ciclo de elaboración, esa nueva metodología se incorporará al proceso productivo estandarizado. Esto es posible porque los agentes económicos están habilitados para ejercer libremente su creatividad, es decir, a experimentar y buscar soluciones diferentes a las conocidas. Pero esto solo se puede hacer, en la fase de investigación –por razones de costos, obviamente− en pequeña escala. Recién se puede pasar a la etapa de la producción masiva cuando el conocimiento adquirido es lo suficientemente sólido como para justificar la inversión de implementar un proceso de producción en gran escala. Por eso todas las innovaciones empiezan siendo bienes suntuarios para pequeñas minorías y solo más tarde, cuando se verifica su viabilidad comercial y tecnológica, se tornan masivas.

Y este es un punto importante, porque encontramos aquí el reverso de la posibilidad de disponer de los bienes materiales necesarios para alcanzar la realización individual. ¿Cuál es ese lado opuesto? Pues, la oportunidad de desarrollar el proyecto personal de ofrecer algún bien que sea demandado por otras personas al efecto de alcanzar sus propios fines.

Esto significa que el mercado nos ofrece la oportunidad no solo de realizarnos como individuos porque obtengamos los medios materiales que necesitamos para cumplir nuestros objetivos, sino que también nos da la alternativa de realizarnos personalmente porque ofrecemos aquello que entendemos que puede ser útil para los demás, y recibimos a cambio una retribución que nos servirá para adquirir los bienes que demandemos en cuanto consumidores.

De este modo, al realizarnos como personas ofreciendo un producto que es útil para contribuir a la realización personal de los demás, estamos nosotros mismos alcanzando nuestros propios objetivos, los cuales son complementarios y no excluyentes con los fines de los demás, motorizando de ese modo el proceso de cooperación social espontánea detalladamente explicado en el plano operativo por los autores liberales, principalmente Mises y Hayek. La cuestión que queda por resolver es la situación de quienes no pueden acceder a los bienes que requieren para lograr los objetivos personales que se habían propuesto.

7 – EL MERCADO Y EL PROBLEMA DE LAS INEQUIDADES

El hecho de que algunos puedan obtener los bienes materiales que demandan para acceder a la realización personal y otros no logren adquirirlos, plantea un complejo problema ético. ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Simplemente porque tienen más dinero? ¿Es éticamente legítimo situar en la cantidad de dinero disponible la posibilidad de acceder o no a la realización personal?

Toda la argumentación socialista anti-mercado se desprende de este criterio de análisis. Según el socialismo, si no todos pueden tener un bien, sería inmoral que solo lo tengan algunos. De esa premisa surge la doctrina igualitarista, la cual guarda, por cierto, completa coherencia consigo misma.

La posición de la economía de mercado frente a este problema es que, para que todos quienes lo deseen puedan llegar a tener un bien, es necesario que, en primer término, solo lo tengan algunos, es decir, aquellos que estén dispuestos a pagarlos a precios muy elevados. Por ejemplo: cuando surgieron, los teléfonos celulares eran un bien suntuario al cual solo tenían acceso personas de muy elevados ingresos. Como mucha gente deseaba tener un celular, la tecnología se fue perfeccionando, lo cual permitió abaratar y así masificar el uso de los teléfonos móviles.

Esto fue posible porque hubo gente –los fabricantes y vendedores de celulares− que establecieron a la provisión de teléfonos móviles como un objetivo personal para sí mismos. De ese modo, aquellos que se habían fijado el propósito de tener un celular –prácticamente todos porque ¿quién no tiene un teléfono móvil actualmente?− pudieron adquirirlo.

Pero si se hubiera aplicado el criterio socialista –si no hay celulares para todos, es injusto que los haya solo para una minoría− ahora nadie tendría su teléfono móvil. Es decir, si todos tenemos ahora celulares, es porque inicialmente solo unos pocos los tuvieron.

Este proceso tuvo lugar como consecuencia de la confluencia entre los objetivos de quienes proveen celulares y los propósitos de quienes deseaban poseerlos. Este es el tipo de solución que el mercado provee frente al problema de que no todos puedan acceder a los bienes materiales que requieren para alcanzar la realización personal. Se trata de una solución pragmática, cuya esencia consiste en aprovechar las fuerzas sociales que se desencadenan como resultado de la aplicación operativa de un marco jurídico que hace foco en la libertad individual. En efecto, al eliminarse las restricciones a la libre iniciativa individual, se generan incentivos para que los individuos, en la búsqueda no simplemente del lucro económico, sino además del cumplimiento de objetivos personales más trascendentes, se esfuercen por facilitar el acceso a las metas de los demás. De ese modo, el problema de la inequidad en el acceso a los bienes materiales y su correlato, la discriminación en cuanto a la posibilidad de alcanzar la realización personal, tienden a quedar resueltos. La condición necesaria para que este proceso se desarrolle es que impere un contexto de libertad. El mercado de los teléfonos celulares es un claro ejemplo: lo que antes era un bien suntuario al alcance de unos pocos, se ha “socializado”: todos lo tenemos actualmente.

8 – EL CONCEPTO DE “DESAFÍO”

Los seres humanos no somos meros consumidores y productores de bienes materiales. La vida humana tiene un sentido trascendente, que cada uno de nosotros le atribuimos según nuestras respectivas inclinaciones. Pero ¿qué se entiende por “sentido trascendente”? La expresión es completamente ambigua…

Este es el punto en el cual el incentivo puramente económico resulta insuficiente para explicar la conducta humana. El viejo argumento de Adam Smith, según el cual el interés económico incentiva al cervecero, al panadero y al carnicero a ofrecer los productos que los consumidores demandan, es plenamente válido en el campo de la economía pura, pero insuficiente en el terreno de la filosofía. ¿Cuál es la motivación del cervecero, el panadero y el carnicero para aspirar a ganar dinero? Se podrá decir que el objetivo de ellos es cubrir sus necesidades materiales y las de sus familias. Pero si aceptamos ese argumento, nos quedaríamos en una explicación puramente materialista de la conducta humana. Esto no da respuesta al interrogante que surge a partir de la hipótesis de que la vida humana tiene un sentido trascendente.

Sucede que aquello que podamos entender como objetivo personal trascendente es de hecho dependiente de cada sujeto. Para Gandhi era trascendente obtener la independencia de la India por medios pacíficos y para Hitler era trascendente exterminar a los judíos. Para una madre es trascendente criar a sus hijos y para Henry Ford era trascendente ofrecer a la venta un automóvil a precios accesibles para las masas. El concepto de trascendencia depende de la decisión de cada individuo. Habrá motivaciones más estimables que otras, pero eso no afecta al hecho de que cada uno atribuye trascendencia a lo que individualmente desea. Queda en pie la siguiente cuestión: ¿qué tienen en común todas las motivaciones que cada individuo considera trascendente para sí mismo? ¿Qué tienen en común los objetivos de independizar a la India por medios pacíficos, exterminar a los judíos, criar a los hijos o vender automóviles a precios populares? Presentaremos una conjetura al respecto… Y de esa conjetura deduciremos la significación que el mercado –y, por ende, la libertad económica− tiene en relación con la realización personal.

El rasgo en común entre los objetivos personales que todos los individuos persiguen –tanto los más elevados como los más abyectos, pasando por toda la escala de matices intermedios− es que cada una de esas metas representa, para el sujeto que se la plantea como su propósito personal, un desafío…

La tesis que nos proponemos someter a análisis crítico es que el común denominador de la conducta humana es afrontar desafíos. Es decir, para Gandhi, la obtención de la independencia de la India por medios pacíficos era un desafío personal; lo mismo, la exterminación de los judíos para Hitler, la crianza de sus hijos para una madre y la venta de automóviles a precios populares para Ford.

El ser humano actúa –y no está de más recordar que Mises ha explicado que la acción humana individual es la fuerza que motoriza operativamente los procesos de mercado− bajo el incentivo de superar alguna situación que se presenta ante él como un desafío.

9 – LOS ALCANCES DEL CONCEPTO DE “DESAFÍO”

La incorporación de la idea de “desafío” como motivador universal de la conducta humana nos permite avanzar hacia la consideración del mercado como una institución al servicio de la realización personal. Analicemos qué significa este concepto de “desafío”.

La idea de “desafío” representa un objetivo que aspiramos a realizar pero que no sabemos si lograremos. Tenemos la posibilidad de intentar alcanzar ese propósito pero desconocemos si tendremos éxito. Al efecto de superar los obstáculos que nos distancian de nuestro objetivo, ponemos en juego nuestras aptitudes, es decir, actuamos, como Mises lo explicaba. El desafío consiste en vencer las dificultades que aparezcan frente a nosotros. El afán de enfrentar ese tipo de impedimentos y derrotarlos constituye un rasgo constitutivo de la condición humana…

No viene al caso analizar ni discutir por qué los seres humanos somos así. Tal vez haya una explicación pero el autor de este trabajo la desconoce. En todo caso, tal investigación sería un paso posterior a la temática tratada en este ensayo. Lo que importa dejar sentado es que la propensión a afrontar y superar desafíos es un rasgo inherente a la condición humana. Esto significa que el hecho de que seamos humanos nos convierte en individuos que de manera natural, espontánea, intuitiva, nos sentimos inclinados a involucrarnos en desafíos a los que deseamos arrostrar y vencer. Esa inclinación a la búsqueda de desafíos que nos motiven forma parte de la esencia de la condición humana. No es algo incorporado, adquirido, contingente. Es, por el contrario, un rasgo sustancial, primario, básico… Tal vez un filósofo profesional diría que es una “cualidad ontológica”…

Dada esta condición, resulta claro que el ordenamiento social debe tener prevista la canalización de manera satisfactoria de esa inclinación. Y entonces podemos analizar la vieja frase de Adam Smith desde otra perspectiva. ¿Por qué el cervecero, el carnicero y el panadero se esmeran en satisfacer a sus clientes? Sí, desde un enfoque economicista, lo hacen para ganar dinero, pero desde una visión humanista, lo que están haciendo es afrontar un desafío, el desafío de satisfacer a sus clientes, ser individuos socialmente útiles y sentirse realizados por haber logrado ese objetivo… No hay contradicción, sino que hay complementariedad entre el aspecto humanista y el abordaje economicista del fenómeno. La significación humanística de la economía de mercado empieza, entonces, a quedar nítidamente en evidencia.

Si profundizamos el análisis podemos apreciar la relación entre esta idea del desafío y otras corrientes doctrinarias. En la praxeología de Mises, el desafío es la fuerza que impulsa al individuo a procurar pasar de una situación menos satisfactoria a otra más satisfactoria. En el proceso de descubrimiento de Hayek, el desafío lleva a la búsqueda de nuevos conocimientos. En la empresarialidad de Kirzner, el desafío impele al emprendedor a estar atento y aprovechar las inconsistencias de los procesos de producción. Y hasta en la epistemología de Popper el desafío estimula la falsación de las teorías vigentes. Los sistemas de todos estos renombrados exponentes de la ideología de la libertad no solo son compatibles y concordantes sino, más aun, adquieren un sentido más acabado si los combinamos con el concepto del desafío como motivador esencial de la conducta humana. El tema podría admitir múltiples enfoques y está mucho más allá del propósito de este trabajo siquiera esbozarlos. En el campo de la psicología, por ejemplo, el tipo de desafíos que un individuo está dispuesto a asumir podría ser un criterio para el análisis de la personalidad. Y, seguramente, esta idea tiene una gran cantidad de ramificaciones adicionales imposibles de imaginar…

 

 

10 – EL MERCADO Y LA LIBRE ELECCIÓN DE LOS DESAFÍOS

No siempre quién se plantea un desafío tiene éxito. Por ejemplo, quienes intentaron hacer llegar la Apolo XIII a la luna no lograron su objetivo. Este es un punto al que es importante tener seriamente en cuenta. El hecho de afrontar un desafío no significa que necesariamente el objetivo será alcanzado. Más aún, el concepto de desafío contiene intrínsecamente la posibilidad tanto del éxito como del fracaso, lo cual es lógico. En efecto, tanto si el éxito estuviera garantizado como si el fracaso fuera inexorable, el individuo no estaría ante un desafío. Lo que define y caracteriza a un desafío es que, para el sujeto actuante, tanto el éxito como el fracaso sean contingentes. Y eso es lo que le da sentido a la acción del individuo: el esfuerzo por alcanzar el éxito y neutralizar los obstáculos que puedan impedirlo.

Ahora bien ¿quién determina cuáles son los desafíos que cada individuo afrontará? En un régimen totalitario centralmente planificado, será la autoridad política la que tendrá la facultad de autorizar o impedir los desafíos individuales, en tanto estos sean o no compatibles con el plan colectivo. En un sistema basado en los derechos y libertades individuales, será cada uno de nosotros. El hecho de ser libre, de ejercer la libertad, consiste en tener la posibilidad de elegir los propios desafíos.

Pero para poder alcanzar muchos –no todos, por cierto- objetivos es necesario contar con los medios materiales necesarios. Y así es como volvemos al punto desde el cual estas reflexiones partieron, es decir, a la significación humanística de la economía de mercado.

En los casos en los que la consecución de los propósitos depende de medios materiales, el desafío consiste en acceder a esos medios. Aunque el fin último tenga que ver con la realización personal del individuo –y, por lo tanto, la significación exceda el mero utilitarismo económico− el factor determinante de que el individuo pueda afrontar el desafío depende de la disposición o no de los medios materiales. Por ejemplo, si una persona quiere ir a pescar, necesita contar con los instrumentos de pesca. El desafío es pescar, pero antes debe superar el desafío de obtener el dinero para comprar todos los implementos  que necesita. Para vencer el desafío de acceder a esos recursos, deberá ofrecer algún bien en el mercado por el cual los consumidores estén dispuestos a pagar. Naturalmente, los consumidores pagan por aquellos bienes que son útiles al efecto de realizar sus respectivos objetivos personales. Quien desea obtener dinero debe contribuir a que otras personas obtengan los medios materiales que requieren para alcanzar sus propias metas individuales. Entonces, por medio del mercado, no solo se entrelazan los fines económicos sino también los planes trascendentes de vida de los individuos.

CONCLUSIÓN

Las señales que el sistema de precios emite, indican a los agentes económicos cuál es el costo de oportunidad de cada una de las alternativas disponibles en el mercado. Estas señales permiten que cada operador evalúe y elija qué bienes le conviene tanto ofrecer como demandar. Este es un criterio de análisis esencialmente económico. Sin embargo, una vez establecido que los bienes económicos tienen una significación que trasciende el plano meramente material, y se convierten en instrumentos al servicio de la realización personal de los respectivos individuos, resulta también claro que del análisis del costo de oportunidad de las diferentes alternativas de elección que el mercado nos presenta, se deduce el rumbo existencial que cada uno de nosotros decidamos recorrer. Lógicamente, estas elecciones están limitadas por las oportunidades concretas que las posibilidades materiales nos ofrecen. No podemos elegir, como quedó ya explicado, viajar a Saturno, porque la falta de medios materiales para concretarla determina que dicha alternativa –al menos, hasta el momento− no nos está ofrecida como opción elegible. Pero dentro del margen de alternativas disponibles, somos libres para forjar nuestra propia escala ordinal de valores y determinar así, de manera concomitante, los bienes materiales que intercambiamos y los objetivos personales trascendentes que perseguimos. Esto solo es posible en el marco de un sistema de economía libre, donde cada uno de nosotros podamos adoptar, sin estar sometidos a coacción, nuestras propias decisiones.

 

[1] Marcusse sostiene lo contrario de esto, pero en todo su pensamiento subyace una profunda subestimación de la capacidad intelectiva de la condición humana.

[2] Queda soslayado, por no venir al caso, el debate acerca de si la vida comienza con la concepción, en el momento del nacimiento o en un punto intermedio entre ambos. Los argumentos de este ensayo no se modifican por cuál sea la posición asumida frente a esa controversia.

[3] Inclusive, cuando actúa bajo coacción, un individuo está haciendo lo que le conviene dentro del espectro de alternativas que tiene a su disposición; en ese caso, someterse a la coacción. Eventualmente, ese sujeto podría optar por resistir la coacción y atenerse a las consecuencias. Si no lo hace, es porque evalúa que le conviene más −aunque más no fuere, por salvar la vida− someterse a esa coacción.