EL MITO DE LA COMPETENCIA DE MONEDAS

 

(TRABAJO PRESENTADO EN EL VI CONGRESO “LA ESCUELA AUSTRIACA EN EL SIGLO XXI”, ROSARIO 2016)

La moneda es una herramienta socialmente útil porque facilita la ejecución de las acciones económicas por medio de las cuales los seres humanos procuran pasar de una situación menos satisfactoria (“equis”) a una situación más satisfactoria (“mejor que equis”). La moneda permite al agente emplear un parámetro objetivo para determinar el valor que subjetivamente le atribuye a un bien susceptible de ser intercambiado en el mercado. Al comparar el valor que él subjetivamente atribuye a dicho bien, contra la cantidad de moneda involucrada, el agente cuenta con un instrumento que le permite determinar si la operación le resulta −o no− conveniente al efecto de intentar pasar de “equis” a “mejor que equis”. En el caso de que la transacción le proporcione a esa persona la posibilidad de concretar el paso de “equis” a “mejor que equis”, prestará su conformidad para realizarla; de lo contrario, desistirá.

Como puede apreciarse, la moneda, en cuanto moneda, tiene un propósito puramente instrumental. Distinto es el caso de que una sustancia determinada (por ejemplo, el oro) sea empleada alternativamente como moneda o como un bien con usos prácticos. Pero cuando un bien se emplea con fines no monetarios deja de ser moneda y pasa a ser un bien económico como cualquier otro. En sí misma, la moneda es inútil. Como objeto intrínseco, un rectángulo verde de papel con la inscripción one hundred dollars no tendría otro destino que la basura. Pero como está vigente una convención social (expresa o tácita; ese punto es irrelevante) que le atribuye valor monetario, ese rectángulo de papel es utilizado como medio de intercambio.

Un interrogante que surge es si, dado que el dinero cumple la función de servir como término de comparación a los efectos de orientar las decisiones de los consumidores, su provisión es susceptible de estar sujeta a un régimen de libre competencia.

Esta pregunta es pertinente en vista de que las preferencias subjetivas de los consumidores son heterogéneas y la competencia es el marco institucional en el cual resulta posible subordinar, a esas demandas heterogéneas, las ofertas consecuentemente heterogéneas presentadas a la venta por los productores. El problema consiste en analizar si un sistema apto para dar respuestas heterogéneas a demandas heterogéneas, es apropiado para ser aplicado a la provisión de medios de pago. Debemos tener en cuenta que el mecanismo que permite instrumentar esa subordinación de la oferta a la demanda es el sistema de precios. Horwitz[1] aborda muy pragmáticamente esta cuestión:

Because all goods trade against money, the market value of each good can be reduced to a cardinal number—the money price.

Los precios cumplen la función de permitir que los consumidores comparen las diferentes alternativas que los productores someten a su consideración. Ahora bien ¿qué condición deben satisfacer los precios para que los consumidores tengan la posibilidad de comparar? Pues, deben estar expresados en una moneda que cumpla la condición de ser homogénea. Si la moneda fuera heterogénea, la realización de comparaciones resultaría imposible. Si un consumidor desea adquirir un martillo y en sendas ferreterías los precios son de cuatro ciruelas, catorce uvas y diez aceitunas ¿cómo determina ese consumidor en cuál de los tres comercios le conviene comprar su martillo si las monedas en las que los precios están expresados no son homogéneas entre sí? ¿Cómo se comparan precios expresados en monedas heterogéneas? Mises[2] abordaba esta cuestión en Teoría del dinero y el crédito:

 

“… aún si la desigualdad en la condición de cambiables de las mercancías empleadas como medios de cambio no hubiesen dado motivo para ello, la unificación seguiría todavía pareciendo un fin deseable para la política monetaria. El uso simultáneo de varias clases de moneda supone tantas desventajas y complica tanto la técnica del cambio que no se puede dudar que, a todo evento, hubiese sido hecho el intento de unificar el sistema monetario”.

Aunque luego se contradijo en La desnacionalización del dinero, Hayek[3] argumentaba en el mismo sentido en El nacionalismo monetario y la estabilidad internacional:

“… tenemos que reconocer que la regulación independiente de varias monedas nacionales no puede considerarse en ningún sentido un sustituto adecuado de un sistema monetario racionalmente regulado. Este sistema puede considerarse en nuestro tiempo como algo ideal e inalcanzable, pero esto no quiere decir que acercarse a ese ideal o analizar cómo podríamos hacerlo practicable deje de presentar un buen número de problemas interesantes. Por supuesto, cualquier sistema monetario internacional estará lejos del ideal. Espero haber dejado claro ya que el que hemos tenido hasta ahora no puede considerarse, de ninguna forma, satisfactorio. Los nacionalistas lo condenan porque es internacional y yo, por mi parte, creo que sus carencias derivan de que no lo es en grado bastante”.

Este análisis nos lleva a discutir si la libre competencia es un mecanismo apropiado para regir la provisión de moneda al mercado.

Ocurre que la competencia es tan eficiente para subordinar la oferta a la demanda, que resulta fácil caer en la tentación de promover su aplicación también para regir la provisión de moneda. Pero al razonar de ese modo estamos soslayando la diferencia de naturaleza entre la moneda y el resto de los bienes. Mientras que todos los demás bienes tienen necesariamente que ser heterogéneos porque deben satisfacer las también heterogéneas preferencias subjetivas de los consumidores, la moneda debe necesariamente ser homogénea para ser empleada como instrumento de comparación para que los consumidores cuenten con un patrón que les permita evaluar cuál de los bienes satisface efectivamente sus preferencias subjetivas. Menger[4], en el ensayo El dinero, decía al respecto:

“La valoración de los bienes, especialmente su valoración en dinero, se asemeja en cierto modo a una medición, a un procedimiento que tiende a establecer la magnitud desconocida de un objeto, comparándola con una magnitud homogénea conocida, tomada como unidad”.

Tobin[5], por su parte, consideraba al dinero como “a social institution and public good”

“In this respect, money is similar to language, standard time, or the convention designating the side of the road for passing”.

Skinner[6] estudió el tema desde el campo de la psicología conductista y señaló que

“El valor económico del trabajo u otros servicios personales está, pues, relacionado con su asociación con efectos reforzantes positivos y negativos. Podrían compararse directamente los efectos reforzantes de los trabajos, pero el dinero proporciona una escala única que permite medir el valor económico de muchos tipos de trabajo y servicios distintos”

El efecto de este desarrollo analítico es que colisiona con las teorías que defienden la emisión competitiva de monedas. La idea de que la provisión de moneda quede a cargo de empresas privadas en un contexto de competencia presenta, a simple vista, el atractivo de que elimina el monopolio estatal, no para reemplazarlo por un monopolio privado, sino para crear un marco donde quien no ofrezca moneda de buena calidad quedará desplazado del mercado.

Este tipo de propuestas soslayan el hecho de que la competencia es un mecanismo idóneo para proveer al mercado bienes heterogéneos, aptos para responder a las también heterogéneas preferencias subjetivas de los consumidores. La moneda, en cambio, para poder cumplir con eficiencia su papel como herramienta apta para permitir la realización de comparaciones, tiene necesariamente que ser homogénea. Entonces ¿es teóricamente acertada la concepción de un sistema basado en la emisión competitiva de monedas? Si la moneda que circula por el sistema económico tiene que ser homogénea ¿es lógico que sea producida por un sistema de competencia, que es justamente un mecanismo cuya virtud es su eficiencia para producir bienes heterogéneos?

El enunciado del problema es que resulta necesario instituir algún sistema monetario donde el dinero sea homogéneo pero en el cual su administración no esté sujeta a las decisiones discrecionales de una autoridad monetaria sometida a las exigencias del poder político. La teoría monetaria debería elaborar alguna formulación que derive en la existencia de una moneda homogénea y no manipulada políticamente al mismo tiempo.

Buena parte de la discusión acerca de estos temas probablemente estaría referida hacia la cuestión de si estas dos condiciones son susceptibles de ser cumplidas simultáneamente. En efecto, una moneda homogénea supone un único ente emisor. Aún en el caso de que fuera privado, o estatal presuntamente independiente de la influencia gubernamental, siempre quedaría el hecho de que se trata de un monopolio, con todos los incentivos negativos que un sistema concentrado trae aparejado. Por lo demás, podría objetarse que no hay por qué imponer a los agentes económicos el uso de una moneda a la cual no elijan. Si la ley no impone el uso de una moneda determinada (y, en muchos casos, aún contra la ley) la gente puede volcarse hacia el uso de cierta moneda simplemente porque confía más en ella que en cualquier otra.

Una buena teoría monetaria sería aquella en la cual estén contemplados todos los requisitos que una buena moneda debe cumplir y, consecuentemente, no debería haber motivo para que los agentes económicos estén disconformes con la moneda que usan, de modo que no haya motivo para que la cambien por alguna otra.

Deducimos de esto que una buena teoría monetaria debería tener como propósito idear algún sistema en el que los consumidores no necesiten cambiar, a lo largo del tiempo, la moneda que emplean, como sí cambian constantemente sus preferencias subjetivas de consumo. El ideal de moneda sería aquella que permanece vigente a lo largo de toda la vida de todas las personas. Si fuera posible, sería deseable concebir una moneda que permanezca en uso hasta el fin de los tiempos y cuyo empleo fuera universal. El oro fue la moneda que más se acercó a este ideal, pero su falta de practicidad dio lugar a que se emitan billetes para sustituirlo y eso finalmente llevó a que los billetes fiduciarios manipulados por los gobiernos desplacen al metal de la función monetaria. El dinero ideal sería aquel con el cual se pudiera comprar una gaseosa en Argentina, un lote de acciones en Wall Street, un departamento en Australia o una remera en Rusia, todo con el mismo signo monetario. Mises[7] anticipaba esta utopía:

“La Historia de la Economía es la extensión gradual de la sociedad económica más allá de sus límites primitivos de la familia, hasta abarcar la nación y, luego, el mundo. Pero cada vez que ha ensanchado sus límites, se ha producido una dualidad del medio de cambio siempre que las dos sociedades que se habían unido no tenían la misma clase de moneda. No es posible pronunciar la sentencia definitiva sino hasta después de que todas las partes principales de la Tierra habitada hayan formado una sola zona comercial, pues antes de eso es imposible para otras naciones con diferentes sistemas monetarios el unirse con las otras y reformar la organización internacional”.

Para los consumidores, el hecho de que el bien consagrado como moneda sea uno u otro es completamente indiferente. Que sea el oro, la plata, rectángulos de papel pintado, asientos contables virtuales o cualquier otro objeto material o ideal carece completamente de importancia. Lo único relevante para el consumidor es que se trate de un bien idóneo para comparar sus eventuales alternativas de compra. Decía Hayek[8] que

“… la gran mayoría de la gente aceptaría cualquier clase de dinero que fuera tolerablemente estable y generalmente aceptado. El consumidor medio estaría satisfecho con cualquier clase de dinero con el que se le retribuyera y pudiera sufragar sus gastos si es tolerablemente estable”

Ahora bien ¿cuál es la condición que determina que un bien sea idóneo para comparar alternativas de compra? La respuesta es: la previsibilidad desde el punto de vista del vendedor… En efecto, una moneda es de mejor calidad cuanto más los vendedores puedan confiar en que podrán seguir usándola en el futuro para concretar operaciones comerciales. Esa es la razón por la cual los vendedores la aceptan como medio de pago. Decía Wicksell[9] que:

“La fuerza directamente responsable de la generación de valor radica siempre en la creencia de que quien recibe un instrumento de cambio será capaz de obtener por su mediación una cierta cantidad de mercancías”.

Stuart Mill[10] había desarrollado la misma idea:

“… para hacer que una persona acepte algo como dinero, e incluso con un valor arbitrario, no se precisa otra cosa que persuadirle de que otros lo aceptarán en las mismas condiciones”

La moneda es, entonces, una herramienta, un instrumento al servicio del ordenamiento de la acción de los agentes económicos. El reconocimiento de esta naturaleza instrumental de la moneda, llevado hasta sus últimas consecuencias, implicará un desplazamiento del foco de análisis de la teoría monetaria.

* * *

Para que cumpla su función como una herramienta al servicio de la materialización de los intercambios entre individuos, la moneda debe ser homogénea. La cuestión que razonablemente despierta dudas es si resulta posible que una moneda homogénea no sea manipulada por el ente emisor.

Si fuera posible confiar en que el emisor monopólico no manipulará la moneda en su propio beneficio, el problema estaría solucionado. En términos puramente teóricos, la idea de que el emisor monopólico −sea estatal o privado− no manipule la moneda es concebible. El problema radica en que es poco creíble que tal cosa suceda en la práctica. Roepke[11] expresaba este escepticismo en Más allá de la oferta y la demanda:

“La probabilidad de que los gobiernos que disponen del poder de crear dinero no abusen de él para combatir la deflación ha sido siempre muy pequeña, y en nuestra época del papel moneda, bajo el predominio de ideologías e intereses inflacionistas es prácticamente nula”

Consecuentemente, el problema no es teórico. Nada impide, en términos de pura teoría monetaria, imaginar una moneda homogénea, emitida monopólicamente, que no sea manipulada por el emisor. La razón por la cual eso no sucede en la realidad es que las instituciones no son lo suficientemente sólidas como para impedir la manipulación. Pero si hubiera tales instituciones, el sistema monetario podría funcionar de manera eficaz aun cuando el emisor fuera monopólico.

La teoría de la emisión competitiva de monedas es, entonces, una respuesta, en términos de teoría monetaria, a un problema de naturaleza institucional. Esto no puede ser, en ningún caso, una buena solución. Si el problema es de índole institucional, la solución tiene que pasar por una mejoría en la calidad de las instituciones encargadas de administrar la gestión monetaria, no por impulsar soluciones que implican desnaturalizar la moneda, promoviendo la transformación en heterogéneo de un bien que, por definición, tiene necesariamente que ser homogéneo.

Pero conviene, en este punto, explicar con mayor claridad un aspecto que se presta a confusión y que obliga a puntualizar con exactitud los alcances y los límites del marco institucional que deba regir la operatoria monetaria.

El hecho de que la moneda, a los efectos de cumplir su función, deba ser homogénea, no altera la circunstancia de que la cantidad de medios de pago requerida para la concreción de operaciones de cambio sea variable en diferentes instancias de los procesos económicos. Hay momentos en los que se requiere que haya más medios de pago en circulación y hay ocasiones en las que se los necesita menos. Esto es así, sencillamente, porque hay momentos en los que los individuos están más inclinados a concretar intercambios y situaciones en las que lo están menos. Estas fluctuaciones en la intensidad de los intercambios constituyen un dato a priori y no es necesario, desde el punto de vista de la ciencia económica, explicar por qué sucede. Se trata de un fenómeno dado, a partir del cual la economía inicia sus desarrollos analíticos, sin profundizar en las motivaciones de los individuos para modificar sus inclinaciones. El hecho básico es que la inclinación de los agentes económicos hacia la realización de intercambios comerciales, experimenta fluctuaciones a través del tiempo. A partir de allí comienza el objeto de estudio de la ciencia económica. Lo que sí requiere una formulación analítica es el modo de diseñar el sistema monetario con el fin de que se adapte a los vaivenes de la demanda de medios de pago.

El problema institucional no resuelto que dificulta la puesta en circulación de una moneda homogénea es la inclinación de la autoridad monetaria a manipular en su propio beneficio la provisión de moneda. Pero aún en el caso de que esta manipulación no existiera, subsistiría el problema, que sí es de naturaleza teórica, referido al modo de regular la cantidad de medios de pago puestos a disposición de los agentes económicos.

La forma de implementarlo es, sencillamente, por medio del mercado de crédito. Cuando haya más depositantes dispuestos a prestar su dinero, la economía se encontrará más líquida y, cuando la disponibilidad para prestar sea menor, habrá menos liquidez. Si el volumen total de moneda básica en circulación no varía, la regulación de la cantidad de medios de pago operará espontáneamente por medio de los procesos naturales del mercado de crédito[12].

La razón por la cual en la práctica este mecanismo no opera satisfactoriamente es que los bancos centrales suelen manipular la cantidad de moneda en circulación para producir determinados objetivos de política monetaria que sirvan a los planes del gobierno de turno. El mercado de créditos queda, de ese modo, artificialmente alterado. He allí la desnaturalización institucional que debería ser corregida. No se trata de algo que no se pueda lograr ni que esté equivocado en términos de teoría monetaria pura. Lo que falta es el suficiente consenso como para lograr que la moneda efectivamente deje de ser manipulada políticamente por los bancos centrales. Este es el punto en el que adquieren significación las consideraciones de Menger[13] respecto de la naturaleza institucional del dinero:

“… es irrelevante, para el concepto general del dinero, que un bien comerciable haya llegado a desempeñar esas funciones de una manera espontánea o mediante alguna forma de coacción. Que haya sido creado espontáneamente o haya sido creado o influido en su evolución por el Estado, que en particular se haya formado y perfeccionado (o también corrompido) de manera espontánea o por intervención estatal, en ambos casos solo es dinero en la medida en que desempeña efectivamente la función de intermediario general de las transacciones de los bienes y capitales (o las funciones que de ella se derivan)”.

La conclusión que podemos extraer de esta argumentación es que, en tanto se respete el principio de que no se ejerzan influencias manipulatorias sobre la dinámica monetaria, es irrelevante −como textualmente lo manifiesta Menger− a cargo de quién estará la provisión de moneda. Lo esencial es que la cantidad de moneda básica no se modifique −que quede “congelada”− y que sean los bancos, a través del mercado de crédito, los que regulen la cuantía disponible de medios de pago, conforme fluctúen los requerimientos de los agentes económicos.

Si se logra esto, es también superfluo que la moneda cuente con respaldo metálico. Es perfectamente posible, en tal caso, operar directamente con billetes que constituyan el dinero propiamente dicho o, eventualmente, con asientos contables digitales transmisibles por medios electrónicos que desplacen a los billetes. A la larga, probablemente, la moneda será totalmente digital, pero el concepto operativo siempre será el mismo. Si la moneda no es manipulada por el banco central, la condición esencial que debe cumplir para seguir siendo moneda, que es la de servir como medio para que los consumidores comparen alternativas de compra, no se verá afectada.

Lógicamente, para que este modelo monetario pueda operar de manera satisfactoria, es también esencial que las demás variables de la economía no sean afectadas por regulaciones estatales, las cuales provocan las distorsiones que luego inducen a los gobiernos a intentar reparar, por medio de manipulaciones monetarias, los desequilibrios artificialmente provocados por las intervenciones en el campo de la economía real.

* * *

Un sistema con las características descriptas tendría probablemente una tendencia de largo plazo hacia la baja nominal de precios como consecuencia del gradual incremento del nivel de productividad global de la economía. Decía Hayek[14] que

“… si la cantidad de dinero es invariable, evidentemente los precios tendrán que caer cuando la producción se eleva y subirán cuando esta descienda…”

Es probable que algunos consideren a esta orientación como un defecto que torna desaconsejable el mantenimiento de una base monetaria “congelada”. La baja nominal de precios, según esta línea de argumentación, ejerce una influencia depresiva sobre la economía en su conjunto.

Este argumento es erróneo, en tanto los mercados se mantengan desregulados. La baja nominal de precios tiene efectos depresivos si los mercados están distorsionados por la intervención del estado porque las inflexibilidades obstaculizan el proceso de reasignación de recursos, pero no se produce tal fenómeno en un contexto de mercados libres. Selgin investigó minuciosamente este fenómeno en el libro Less than zero.

* * *

Estas consideraciones apuntan a identificar y diferenciar, en el tratamiento de los problemas monetarios, los aspectos institucionales y los teóricos, pero intentan además ser un puente que conecte la teoría monetaria con los fundamentos de la praxeología. Esta conexión surge de la consideración de la moneda como una herramienta al servicio de las decisiones de compra de los consumidores. Por eso resulta oportuno, a modo de reafirmación de ese enfoque, recordar lo que Hayek[15] decía sobre el dinero en Camino de servidumbre:

“… el dinero es uno de los mayores instrumentos de libertad que jamás haya inventado el hombre. Es el dinero lo que en la sociedad existente abre un asombroso campo de elección al pobre, un campo mayor que el que no hace muchas generaciones le estaba abierto al rico”

La relación entre moneda y praxeología se manifiesta en el hecho de que el dinero es la herramienta por medio de la cual los consumidores evalúan si la concreción de una determinada transacción le permitirá, a juicio de cada uno de ellos, pasar de una situación menos satisfactoria a una más satisfactoria. El criterio de evaluación es la comparación del beneficio que les cabe esperar de dicho bien en relación con la cantidad de moneda –es decir, con el precio- que deben pagar para adquirirlo. Si el resultado de esa evaluación es positivo, concretarán la operación y si el balance es negativo, se abstendrán de realizarla. Esa es la dirección hacia la cual sería promisorio que la investigación en el campo de la teoría monetaria se oriente.

 

[1] Horwitz, Steven (2004) – Monetary Calculation and the Unintended Extended Order: The Misesian Microfoundations of the Hayekian Great Society – The Review of Austrian Economics (17:4): 307–321 – En línea: http://www.gmu.edu/depts/rae/archives/VOL17_4_2004/1-Horowitz.pdf – Consultado el 26-7-13

[2] Mises, Ludwig Von (1913) – Teoría del dinero y el crédito – Editorial Zeus (Barcelona, 1961): 18, 19.

[3] Hayek, Friedrich (1937) – El nacionalismo monetario y la estabilidad internacional – Ediciones Aosta, Madrid (1996): 92

[4] Menger, Carl (1892) – El dinero – Unión Editorial Argentina, Buenos Aires (2013): 178

[5] Tobin, James (1992) – Money – New Palgrave Money and Finance, New Haven: 1

[6] Skinner, Burroughs (1953) – Ciencia y conducta humana – Editorial Fontanella (Barcelona, 1963): 363

[7] Mises, Ludwig Von (1913) – Op. cit.: 18

[8] Hayek, Friedrich (1980) – La futura unidad de valor – (incluido en Ensayos de Teoría Monetaria II) Unión Editorial (Madrid, 2001): 325

[9] Wicksell, Knut (1898) – La tasa de interés y el nivel de los precios – Ediciones Aosta (Madrid, 2000): 89/90

[10] Mill, John Stuart (1848) – Principios de economía política – Fondo de Cultura Económica (México, 1943): 545

[11] Roepke, Wilhelm (1958) – Más allá de la oferta y la demanda – Unión Editorial (Madrid, 1979): 253-54

[12] Ver al respecto: Sala, Alejandro. “El crédito y la libertad bancaria en un régimen de reserva fraccionaria”. Revista de Instituciones, Ideas y Mercados Nº 60 | Mayo 2014 | pp. 5-31 |

[13] Menger, Carl (1892) – Op. cit: 210

[14] Hayek, Friedrich (1928) – El equilibrio intertemporal de los precios y los movimientos en el valor del dinero – Incluido en Ensayos de teoría monetaria I – Unión Editorial (Madrid, 2000): 298

[15] Hayek, Friedrich (1944) – Camino de servidumbre – Alianza Editorial (Madrid, 1978): 123