LA RAZÓN DEL MERCADO (2016)

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TRANSCRIBO AQUÍ , A MODO DE MUESTRA, EL TEXTO DE LA CONCLUSIÓN DEL LIBRO

Es altamente probable que en este libro abunden las imprecisiones, las ambigüedades y las vaguedades. Era inevitable que algo así ocurra. Cuando una obra se propone desmalezar un terreno plagado de obstáculos que dificultan la percepción del sendero que se procura recorrer, el trabajo se desarrolla en medio de una gran confusión, con la cual hay que lidiar, y cuya eliminación constituye el propósito de la redacción de la obra.

El estudio de los principios que rigen la conducta humana y de los procesos de intercambio que sobrevienen espontáneamente como consecuencia de las acciones de los agentes económicos, admite amplias profundizaciones. Y es muy probable que en esta primera aproximación formal al problema, el autor haya incurrido en errores que, cuando estas investigaciones avancen, parezcan burdos y torpes. Pero ¿qué remedio queda? El pensamiento avanza por medio de la corrección de los errores de las ideas previas.

Pero sin perjuicio de las insuficiencias que el libro pueda tener, creemos que en las páginas precedentes consta un intento serio y válido de reorientar el rumbo de la investigación en economía, hoy completamente desencaminado. La economía es, esencialmente, el estudio del modo en el que los agentes operan con el fin de proveerse de bienes materiales. Sin embargo, existe una persistente actitud de medir el valor de las investigaciones en economía en función de criterios macroeconómicos. Como consecuencia de ello, se ha desatendido en muy alta medida el estudio de los procesos de los cuales los efectos agregados se desprenden. El bosque de la macroeconomía está escondiendo el hecho de que la espesura está compuesta de árboles. Si no se explica cómo los árboles crecen, no habrá manera de que se entienda cómo se forma el bosque. Análogamente, si no se analiza cómo operan los agentes económicos, es imposible deducir cómo se producen los fenómenos macroeconómicos, que no son otra cosa que los resultados acumulados de los actos particulares de los individuos.

La tarea por realizar es inmensa porque las mentes no están predispuestas para acomodarse al cambio de foco que el estudio de la ciencia económica requiere. La propensión a pensar la economía en términos “macro” está tan arraigada, que no será fácil ni rápido lograr que se llegue a comprender que los fenómenos globales son la consecuencia de las acciones individuales y que sólo la profundización de las investigaciones sobre la conducta de los sujetos dará como resultado una mejor comprensión de la dinámica de la economía. La fascinación que los efectos “macro” provoca –derivada, obviamente, de las connotaciones políticas implicadas en el tratamiento de los agregados− ha llevado a que los análisis de los procesos de conducta de las personas tiendan a ser desdeñados. Más aun, se considera que “hablando en serio”, los genuinos economistas se preocupan por cuestiones tales como el nivel del tipo de cambio, la balanza comercial, los índices de desempleo, el producto bruto interno y ese tipo de indicadores. La praxeología vendría a ser, para estas corrientes de pensamiento, una mera disciplina académica, carente de valor práctico alguno.

El campo disponible para el avance de la investigación en praxeología es enorme. De hecho, está todo por hacerse. En estas páginas hemos apenas esbozado algunos conceptos esquemáticos que podrían derivar en estudios posteriores más profundos. El concepto de que la conducta humana está regida por el principio de intentar pasar de una “situación equis” a una “situación mejor que equis”, bajo la orientación de las valoraciones subjetivas del individuo actuante, admite muy amplias profundizaciones en los más diversos campos del pensamiento. Básicamente, esas investigaciones posibles deberían centrarse en estudios referidos a las estructuras de incentivos que determinan las acciones de los sujetos. En el ámbito de la economía, el punto sobre el cual correspondería trabajar, es el establecimiento de marcos institucionales que permitan agilizar, de manera sustentable, el desarrollo del proceso de intercambios.

Con el transcurso del tiempo, este será, inexorablemente, el rumbo que la investigación en economía tomará. La historia de la ciencia se rige por un principio darwiniano, según el cual las ideas que mejor explican los fenómenos estudiados desplazan a las menos eficientes. Por lo tanto, llegará algún momento en el cual los perimidos conceptos positivistas que rigen la ciencia económica en la actualidad, serán desplazados por los más apropiados principios basados en el individualismo metodológico y la praxeología. Sin embargo, el autor de este libro incurriría en una falsa ilusión si creyera que ese giro en la orientación del pensamiento económico se producirá a corto plazo. No parece aun haber llegado el tiempo de que eso ocurra. Las mentes están demasiado “atornilladas” en las concepciones “macro” como para abrirse a un replanteo de esta naturaleza.

Hay un concepto, presentado en este libro, al que resulta particularmente importante profundizar: la afirmación de que los términos “capital” y “conocimiento económico” son sinónimos. Esto supone un replanteo muy profundo de las teorías del capital conocidas. En esencia, lo que se podría desprender de este postulado es una teoría del capital basada en el carácter subjetivo del valor. Nadie hasta ahora ha desarrollado esa idea.

Pero la cuestión que quizá más merezca que se le preste atención son los argumentos microeconómicos –tal vez sería más apropiado llamarlos “praxeológicos”− por medio de los cuales se rechaza la aplicación de políticas redistributivas. Este es el argumento central del libro. En general, desde los círculos liberales, las políticas redistributivas son criticadas por sus resultados “macro”. Pero nadie había, hasta ahora, explicado cómo opera el proceso “micro” del que se derivan esas consecuencias “macro”. Por lo tanto, la argumentación liberal quedaba expuesta al cuestionamiento –que es habitual por parte de los defensores de cualquier variante del socialismo− de que, si bien el libre mercado produce buenos indicadores “macro”, no por eso deja de tener negativos efectos “micro”. Los razonamientos contenidos en este libro responden a esa refutación porque, al explicar cómo se desarrollan los procesos “micro”, desmienten que haya individuos que resulten injustamente perjudicados por la abstención del estado de interferir en el ciclo de libre formación de los precios.

La idea de que el mercado propende al equilibrio sin llegar nunca a estabilizarse –es decir, el carácter homeostático del mercado− es intuitivamente conocida desde hace largo tiempo por la ciencia económica. Sin embargo, nunca se había explicado el proceso microeconómico del cual ese fenómeno se deriva. La clave está en la relación entre los efectos de las decisiones económicas puntuales sobre los factores que determinan la estructura de incentivos de todos los agentes intervinientes en el mercado.

Todo este conjunto de hipótesis, que en este texto están insinuadas, presentadas, expuestas quizá superficialmente, constituyen muy promisorios campos de investigación para la ciencia económica y, finalmente, para el diseño de políticas destinadas a aprovechar las ventajas que la libertad proporciona a los seres humanos cuando despliegan su natural propensión a intercambiarse los bienes que respectivamente producen.

Ya no queda, a esta altura, mucho más por agregar. El libro está allí, a disposición de los lectores que, como es previsible, harán de él las interpretaciones que les parezcan oportunas. Se puede agregar que se trata, claramente, de un texto vinculado con la línea de la Escuela Austriaca de Economía, aunque su alcance trasciende los contenidos de las obras de los autores clásicos de esta corriente. El análisis praxeológico aquí ofrecido se vale de la metodología individualista con una profundidad bastante mayor de cuanto había sido empleada en cualquier obra publicada anteriormente. Tal vez estas páginas puedan contribuir a ampliar la perspectiva de la Escuela Austriaca, que también, a pesar de sus fundamentos microeconómicos, se ha contaminado del “vicio” de la macroeconomía. Al menos, eso imagina el autor.

En los dos apéndices, están tratados dos temas puntuales, vinculados con la temática general del libro, que ameritan una profundización, y que representan un intento de ilustrar, desde un enfoque más particularizado, la temática general abordada. Queda por último señalar que, para quien ha escrito este trabajo, se ha tratado de una aventura intelectual difícil, exigente, complicada y, por momentos, hasta dolorosa. Fue necesario extraer las ideas desde regiones muy profundas de la mente, darles forma y acomodarlas en el plan general del trabajo. Este autor cree el esfuerzo ha tenido sentido, y siente que ahora conoce más sobre los fenómenos del mercado que antes de haber desarrollado el libro. Por lo tanto, cualquiera sea la suerte editorial de esta obra, siempre queda, en última instancia, la satisfacción personal de haber hecho un esfuerzo intelectualmente honesto por brindar una visión que valía la pena intentar compartir con los lectores. Ese solo hecho justifica la realización de la tarea.

ESTE ES EL ÍNDICE DEL LIBRO

Prólogo de Martín Tetaz
Introducción
1 – Planificación económica e incertidumbre
2 – La interacción de los planes económicos individuales
3 – Planes fallidos e intervencionismo estatal
4 – La ética del proceso de intercambio
5 – La producción de satisfacción humana
6 – Sistema de precios y realidad económica
7 – Sistema de precios y procesos económicos
8 – El concepto de progreso económico
9 – La evolución del proceso económico
10 – La inevitabilidad de la incertidumbre
11 – La inclinación a manipular el sistema de precios
12 – Manipulación de precios y el sentido de la conducta humana
13 – El carácter homeostático del mercado
14 – Dinámica del mercado y desigualdad distributiva
15 – La mecánica de la inclusión social
16 – Inclusión social y desarrollo del conocimiento
17 – El sentido del conocimiento económico
18 – El mito de la igualdad de oportunidades
19 – Marco institucional y fundamentos científicos
20 – La libertad como principio rector del orden social
Conclusión
APÉNDICE I: Mercado y competencia política
APÉNDICE II: Economía de mercado y movilidad social